Zapatero en Munich

 

Antonio Rubio Merino

17 de marzo de 2004 

 

 

El 11 de Septiembre de 2001 el mundo cambió de forma repentina y trágica. Tres aviones de pasajeros impactaron contra el World Trade Center de Nueva York y contra el Departamento de Defensa en Washington. Casi tres mil personas murieron asesinadas. Supimos de la existencia de una nueva organización terrorista, llamada Al Qaeda, y de su líder, Osama ben Laden. La tragedia se incrementa por el hecho de que la mayor parte del mundo aún no ha reparado en que ese día comenzó la Tercera Guerra Mundial.

 

Si usted es de los que opinan que tampoco es para tanto; que también muere mucha gente en otras partes del mundo; sobre todo si piensa que, en el fondo, los americanos se lo merecían por el daño que han causado y causan en otros sitios. Si usted es de esas personas, sepa que está gravemente enfermo. Tiene una terrible enfermedad en los órganos del razonamiento y la sensibilidad. Su capacidad de empatía con el dolor ajeno es, realmente, muy baja. Pero no se preocupe. Es un mal común en el mundo. Lo comparte con otras muchas buenas personas que conoce. También con el señor que, en cualquier rincón del País Vasco, cuando muere un policía, o un político, por una bomba o por un tiro en la nuca, simplemente dice «algo habría hecho». Es el mismo razonamiento que puede llegar a entender la lógica de que revienten veinte niños en un autobús en Tel Aviv, porque son judíos, y su gobierno tiene ocupados territorios palestinos. No soy capaz de encontrar diferencias con la actitud del que, ante los treinta millones de campesinos asesinados por Lenin, Trotski y Stalin, sospecha que la causa es que posiblemente se trataba de acaparadores de grano. Sepa que el mecanismo mental, en resumen, es el mismo que el de aquel que, después de viajar a la hermosa Alemania, comenta que el holocausto fue horrible, pero que también hay que saber y entender cuán especuladores y ricos eran los judíos en aquel país antes de Hitler, mientras la gente normal era muy pobre y estaba en paro.

 

No se ofenda. La naturaleza del terrorismo es tal que, sin este tipo de enfermedades intelectuales, sería mucho menos letal. Hemos pues de analizar cuál es el origen de esa realidad tan enfermiza y mortal.

 

 

La naturaleza del terrorismo

 

Desde Sun Tzu hasta Clausewitz, el «arte» de la guerra ha sido siempre el mismo. Los Estados con políticas opuestas quieren someter al contrario. Cada uno se apresta con un ejército para evitar la sumisión propia y tratar de conseguir la ajena. El objetivo de la guerra («la política por otros medios») no es otro que el de poner al ejército enemigo en condiciones de no combatir, y por tanto, al Estado enemigo sometido a nuestra voluntad.

 

Desde que la guerra se industrializó, en el siglo XX, las posibilidades de un grupo que no tenga tras de sí los recursos de un Estado para allegarse armas suficientes y eficientes frente a un ejército se ha reducido prácticamente a cero. Un ejército sólo puede ser vencido por otro. Y esto sólo está al alcance de los Estados. Ningún grupo, ni siquiera la inmensa mayoría de un pueblo, puede crear un ejército sin un Estado a su servicio. Una gesta como la guerra del pueblo español contra Napoleón es hoy, sencillamente, imposible.

 

Frente a esa realidad hubo una reacción admirable. Gandhi redescubrió en Thoreau la idea de la desobediencia civil, y en la tradición pacifista hindú, la «satyagraha», la lucha no violenta. Con este mecanismo consiguió la independencia de su subcontinente del Imperio Británico. Bien es verdad que, aunque imperialista, era la británica de entonces, como la de ahora, venerable democracia depositaria de todas las tradiciones liberales, tolerantes y humanitarias de la historia.

 

Pero la opción no-violenta fue exclusivamente hindú. En el resto del mundo y también en la India, hizo su aparición el terrorismo. Animado inicialmente por la ideología anarquista, su finalidad era la destrucción del Estado –generalmente el propio– eliminando a políticos señalados del bando contrario, básicamente a través del magnicidio. Y así asesinaron con éxito a diversos emperadores, reyes y políticos europeos. Y lógicamente, a gran cantidad de funcionarios, civiles y militares, y en los atentados con bombas, multitud de víctimas indiscriminadas.

 

A partir del golpe de Estado bolchevique contra el régimen democrático de Rusia –el que previamente había derribado al Zar– el terrorismo de masas se convirtió en un «arma revolucionaria» (Lenin dixit). La actuación del Ejército Rojo y de las diversas policías políticas (VChKa, NKVD, KGB, etc.) demostró que asesinando grandes grupos de personas, con independencia de sus responsabilidades personales, incluyendo ancianos, mujeres y niños, se conseguía un efecto de duda y debilidad en sus oponentes –por temor a las represalias que pudieran generar sus acciones militares o políticas– y de pánico en el resto de la población, lo que colocaba el poder con relativa facilidad en manos de los agentes del terror. De esta forma, sin un ejército, se podía conseguir el sometimiento de un Estado.

 

El internacionalismo revolucionario hacía esta receta aplicable en el exterior. Pero los primeros en conducirla con éxito fuera de Rusia no serían una de tantas escisiones comunistas dentro del socialismo, sino la fragmentación originada dentro del Partido Socialista italiano, que se denominó fascista. La sucesión de atentados de las «escuadras de combate» de Mussolini hizo pensar a todos que, si les dejaban gobernar, al menos dejarían en paz al resto. Y el rey les entregó el poder. Los atentados concluyeron... cuando habían sido asesinados varios líderes de la oposición y finalmente el país aterrado aceptó la aniquilación de la democracia y la implantación de la dictadura, cuyos 23 años de duración terminarían con la práctica destrucción del país en la guerra.

 

Después de la misma guerra mundial, el Irgún, movimiento sionista, asesinó a centenares de militares y civiles británicos, hasta convencer al Reino Unido de que lo mejor sería abandonar el avispero palestino, aunque fuera en una situación precaria. La creación del Estado de Israel en 1948, las guerras consecuentes y la expulsión de su propio país de dos millones de palestinos, realizada por los israelíes, pero también por los egipcios (que ocuparon Gaza) y los jordanos (que hicieron lo propio con Cisjordania) creo una nueva escuela y semillero para el terror. La O.L.P. se aplicó sistemáticamente desde entonces –y hasta hoy– a la eliminación de judíos, con independencia de su condición civil o militar.

 

Pero fue nuevamente Moscú quien impartiría las lecciones estratégicas para enfrentar a las democracias occidentales durante la posguerra. Las Brigadas Rojas italianas, la Fracción del Ejército Rojo alemana, el Ejército Republicano Irlandés y la E.T.A. española recibieron entrenamiento junto con los palestinos de Arafat y los grupos guerrilleros iberoamericanos en Cuba, Nicaragua, Albania, Libia, Bulgaria, Siria y Líbano, entre otros países. Mas había importantes diferencias en la actuación concreta. Pues mientras que los llamados «guerrilleros», gracias a la desvertebración de sus países y la naturaleza de sus territorios, podían aspirar a la dominación efectiva de parte del terreno e incluso de regiones enteras, los europeos, dado el contexto urbano en que debían desenvolverse, diseñaron una nueva forma perfeccionada de terror. La táctica consistiría ahora en matar a cualquier ciudadano del Estado enemigo, a cuantos más mejor, preferiblemente de la forma más terrible, inesperada e indiscriminada posible. Y de esta forma, generar una sensación de temor generalizado en la sociedad, que hiciese preferible cualquier concesión antes que continuar en el estado de ansiedad permanente y colectiva que el terror continuado creaba.

 

El terrorismo urbano indiscriminado sólo es eficaz en la lucha contra democracias pacíficas, en las que el uso de la violencia está monopolizado por el Estado y el enfrentamiento físico salió de la política hace muchas décadas e incluso siglos. El indefenso ciudadano del Estado del bienestar no entiende que tengan que morir inocentes en nombre de unas causas, a menudo abstrusas o no bien entendidas.

 

Se ha denominado síndrome de Estocolmo a la enfermedad psicológica que hace que la víctima de un secuestro, aturdido por la privación de libertad, sometido a una terrible tensión sobre el futuro de su vida, y en contacto permanente sólo con su captor, comience a establecer con él extrañas relaciones de afecto, que le lleven a tratar de entender las causas de su desdicha, intentando excluir de ellas al propio secuestrador, en el fondo, la única voz amable que conoce durante días, meses o años: «algo tiene que explicar este mal que sufro, y el mal no puede ser la mano que nos da de comer y nos trata con corrección. El mal es otra cosa. Y el del otro lado de la reja, es tan víctima como nosotros. El mal, en el fondo, es el que le empuja a él y el que nos ha condenado a ambos a esta situación. Efectivamente, la causa que el secuestrador dice defender nos era profundamente desconocida. Habíamos ignorado su sufrimiento. Necesitábamos de esta experiencia. Ahora el secuestrador nos hace partícipes y nos abre la mente. En el fondo, el secuestrador y nosotros somos uno. El malo ha de ser el Estado que el secuestrador combate.» Esta enfermedad es universal y contagiosa. Y cuando se convierte en patología social, letal para la comunidad que la abriga. El Occidente Europeo está preso de un terrible síndrome de Estocolmo colectivo. Hay que ser muy fuerte para resistirse a esa seducción. Hace falta mucho valor para mirar al mal cara a cara, sobre todo cuando éste tiene rostro, y está frente a nosotros todos los días.

 

Ante el terrorismo etarra, desde que nació y hasta los reciente asesinatos de políticos electos, la actitud de la mayor parte de Europa era de ignorancia, cuando no de una cierta complacencia, dado que, afincados en ese síndrome mental, si alguien asesinaba, tenía que ser por una causa. Y un pequeño pueblo con una lengua milenaria, en un rincón montañoso del continente, tenía todas las características románticas para hacer simpática su causa. El asesinato de Miguel Angel Blanco y de otros concejales comenzó a hacer cambiar las perspectivas. Pero quince años antes ya habían volado un hipermercado, matando a más de veinte personas, ante la indiferencia general del mundo libre.

 

El problema del síndrome de Estocolmo, sobre todo en su manifestación colectiva, es que puede degenerar en una metástasis agresiva, convirtiendo a la propia víctima en el culpable. En esta fase nos encontramos ya en España.

 

 

El terrorismo islamista

 

No hay un terrorismo islámico, sino islamista. No es un terrorismo con origen casual en el Islam, pero tampoco causado directamente por esa religión, sino uno que pretende imponer el Islam. Una visión e interpretación totalitaria de la religión musulmana: ese es el totalitarismo que cual nuevo nazismo o bolchevismo, tratan algunos de imponer al mundo.

 

El territorio con mayoría de población islámica comprende actualmente el norte de África, y el Este y Centro de Asia, hasta Indonesia. Abarca a más de mil millones de personas. Sufrió procesos de colonización diversos. Sólo hay en él un país laico, al modo europeo, en que no exista religión de Estado: Turquía. En los demás, durante el siglo XX se produjo una transformación, desde situaciones prácticamente medievales, sobre dos modelos: monarquías de corte absolutista, o estados socialistas y nacionalistas árabes. Ninguno de los dos sistemas ha evolucionado hacia una democracia, una economía de mercado ni una sociedad desarrollada y tolerante. Al contrario. La corrupción de los partidos o las coronas he hecho perder a estas sociedades el tren del siglo XX. De este modo, una vuelta a una religión tradicional, en sus interpretaciones más extremas, se ha ido volviendo la opción más cómoda o comprensible para millones de masas desposeídas por esas mismas creencias regresivas.

 

La creación del Estado de Israel y las guerras posteriores dio a esas muchedumbres un enemigo y a sus corruptos dirigentes un foco hacia el que desviar su atención desde su responsabilidad personal hacia la teoría conspirativa, que siempre necesita de ese enemigo exterior culpable. La percepción del mundo de estas gentes se ha ido tornando completamente irreal. En millares de mezquitas se ha ido cebando no sólo el odio a Israel, sino a los Estados Unidos, a todo el sistema de la libertad, en la política y en la economía. Se ha enseñado y descrito a Occidente como un conjunto maligno y satánico. Importa poco el hecho de que, a pesar de que muchos desinformados antiglobalización y antisistema en la propia Europa y América culpen a la economía de mercado de los males de la humanidad, la triste verdad sea que el mundo árabe no es capaz de incorporarse al desarrollo por su propia ignorancia de la libertad y del respeto a la persona, bases de cualquier proyecto humano y social, y consecuentemente, económico. Los ingentes ingresos del petróleo son malgastados. Las ricas monarquías del Golfo no ayudan a los palestinos. Los únicos musulmanes que pueden votar cada cuatro años, de entre los mil millones que existen son... los trescientos mil residentes en el Estado de Israel. Todo el Islam parece volverse, cada día más, contra la sociedad abierta que, tras siglos de luchas, ha liberado a los pueblos de Occidente, a ambos lados del Atlántico.

 

Pero hemos de tener en cuenta que los terroristas, de cualquier signo, son siempre asesinos en masa. Su percepción de la realidad es, por naturaleza, enfermiza y errónea. Los datos y los hechos nada tienen que ver con ellos. Sólo su utopía es su meta. En el caso islamista, el sueño a conseguir está, afortunadamente (como en el «Mi lucha» de Hitler o en «Un paso adelante, dos atrás» de Lenin) escrito e incluso grabado con todo detalle. El testamento de Jomeini, o las amenazas de Ben Laden en Octubre de 2001 nos lo recuerdan. Sus objetivos irrenunciables son: destrucción del Estado de Israel y aniquilación de sus habitantes; proclamación de la ley islámica en todos los países con población –aunque sea minoritaria– musulmana, con prohibición y persecución de cualquier otra religión o ideología; reconstrucción de las más antiguas y amplias fronteras, conquistando la India, el Cáucaso, el centro de Asia y España; destrucción del capitalismo y de las democracias occidentales, comenzando por su líder, los Estados Unidos; y finalmente, someter a todo el mundo a la única ley de Allah proclamada por Mahoma, su profeta.

 

La religión musulmana no siempre fue así, ni actualmente es radical en todas partes. Por su propia naturaleza, no dista en su tradicionalismo de algunas visiones del judaísmo o incluso del cristianismo, sobre todo el ortodoxo. No hay nada en él que lo haga incompatible por naturaleza con una sociedad abierta. Desde el punto de vista religioso, hace siglos que el islam se dividió en dos grandes grupos. Los sunnies siempre parecieron ser los más moderados. Los chiies, minoritarios, pero más numerosos en Irán, fueron los primeros en crear un estado islámico contemporáneo, como respuesta regresiva y totalitaria a los desafíos de la modernidad. Tras la victoria en Persia, con Jomeini, extendieron sus tentáculos terroristas por el resto del mundo, pero se centraron en combatir a Israel, y sus atentados en Europa fueron muy residuales.

 

Sin embargo, en Agosto de 1998, con la destrucción de las embajadas norteamericanas en Kenia y Tanzania (cientos de muertos más) surge con nitidez un nuevo enemigo, que en 2001 en los propios Estados Unidos muestra ya toda su crudeza. La amenaza totalitaria tiene ya un rostro. Es el de Osama ben Laden. Este asesino en serie no es un paria de la tierra. Es un multimillonario saudí que quiere dominar el mundo bajo el odio y el fanatismo de su secta. Y ésta es el wahabismo.

 

Los wahabitas no son ni sunnitas ni chiitas. Wahab, su fundador llegó a finales del siglo XVIII a un acuerdo con un jeque de Nejd, en Arabia, llamado Saud. Apoyo religioso a cambio de apoyo militar. Desde entonces, el wahabismo es la más radical de las sectas musulmanas, considerada herética por los demás grupos. Sólo se atiene a una interpretación literal y sesgada del Corán. Y piensa llevar la guerra santa hasta la victoria final sobre Occidente. No se trata de ninguna revolución de oprimidos. Es un movimiento totalitario con enormes recursos económicos que pretende imponer su absolutismo religioso... y es el soporte tradicional de la Casa de Saud, que terminó por ser la reinante en Arabia, poseedora de una quinta parte del petróleo mundial y con miles de donantes y voluntarios para esta nueva cruzada a la inversa. Éste es el enemigo. Su objetivo y sus medios están claros. También es cierto que claros estuvieron los de Hitler, Mussiloni y Lenin, y que nadie hizo nada hasta que fue demasiado tarde.

 

 

Las decisiones del actual gobierno norteamericano

 

Los norteamericanos muestran a menudo algunos comportamientos de tendencia casi infantil. Uno de ellos es la convicción de que todos los problemas, incluso los más grandes y complejos, tienen arreglo. Una actitud que sólo puede suscitar el desprecio o la media sonrisa irónica en esta vieja, gastada, escéptica y decadente Europa, incapaz de solucionar ni los más elementales de sus conflictos.

 

Ante el horror de que miles de personas murieran sin razón alguna en el centro de su propio país, no pensaron que ellos fueran culpables de nada. No tenían por qué hacerlo. Unos ponían las armas, otros los muertos. Unos asesinaban y otros morían. Identificaron a los culpables. Un país terrorista los amparaba. Lo invadieron y derrocaron a su gobierno salvaje, destructor de cuanto se puede llamar civilizado en el mundo. Ahora en Afganistán se goza de más libertad que en el último siglo. Pero eso poco importa a la progresía occidental. Si la liberación viene del ejército norteamericano, nuestros progres siguen gritando «vivan las caenas».

 

Pero, por terrible que fueran las atrocidades talibán, ellos sólo ponían los campos de entrenamiento. Los hombres y los fondos los ponen otros. Siria y Libia parecen haber abandonado la vía del apoyo terrorista. Pero quedaba el Irak de Sadam. Y Arabia Saudita, la cuna del wahabismo.

 

Sadam, el exterminador de opositores, el genocida de los kurdos, el invasor de Kuwait, el tirano que vivía en una opulencia indecente mientras su país agonizaba, tenía armas de destrucción masiva que no constaba aún hubiera destruido, a pesar de diez resoluciones de Naciones Unidas en ese sentido y tras otros tantos años burlando a los inspectores.

 

El gobierno norteamericano actuó en este caso con una torpeza de la que la historia le pedirá cuentas. Obsesionado por una visión neoimperial de su situación en el mundo, ignorando que las necesidades de vencer y convencer son simultáneas cuando se pretende ejercer el liderazgo mundial. Animado quizás por viejos rencores personales, en vez de invocar una política de principios, de combate contra una dictadura infame, se empeñó en la cuestión de las armas de destrucción masiva y en forzar la estructura de las Naciones Unidas, cuando, en cualquier caso, la voluntad de destruir a Sadam era evidente. Y que los intereses económicos de Francia y Rusia imposibilitaban ningún acuerdo en aniquilar un régimen que a ambos miembros del Consejo de Seguridad les era muy rentable.

 

Francia es el único país de Occidente que aún mantiene una política imperial y nacionalista en el exterior, sin más valores que su propio interés estatal. Así, sus servicios secretos hundieron el barco de Greenpeace en Oceanía; sus ejércitos invadieron y sometieron a los independentistas en Nueva Caledonia y actualmente mantienen presencia militar en apoyo de dictaduras afines en una decena de países africanos. Francia recibía todo el petróleo de la embargada Irak, a un precio irrisorio, en cantidades ilegales. Rusia, la Rusia de Puttin, el Estado genocida del Cáucaso, estaba en una situación parecida.

 

Los Estados Unidos han sido agredidos por el terrorismo bajo gobiernos cándidamente pacifistas como el de Carter, voluntaristas como el de Clinton o unilateralistas como el de Bush hijo. Pensar que estos matices importan a los terroristas no sólo es estúpido. Es parte del juego que pretenden –con éxito– que se les siga.

 

No obstante, obsesionada por la moralidad pública de sus actos, la actual Administración norteamericana se empeñó en obtener respaldo internacional. La fiel Gran Bretaña estuvo a su lado. También Australia y Polonia. E Italia y Portugal. Y otros cuarenta países. Y entre ellos, el gobierno de España, presidido por José María Aznar.

 

 

El terrorismo etarra

 

España era en 2001 el único país de Europa que seguía sufriendo de terrorismo. A pesar de los veinticinco años de democracia, a pesar de que el País Vasco tuviera y tenga más autogobierno que Luxemburgo, a pesar de que España sea uno de los países más descentralizados del mundo, a pesar de que hasta La Rioja tiene más autonomía que la tan cacareada del Ulster, los terroristas llevaban casi mil muertos, pensaban seguir matando, y gozaban de un cierto respaldo popular en su territorio, y simpatías radicales en el exterior.

 

Desde su llegada al poder en 1996, el gobierno de José María Aznar –que casi no llega a ser presidente a causa del brutal atentado que sufrió personalmente– se empeña en arrinconar a los terroristas. Pero Francia colabora siempre a rastras y los recursos de las Fuerzas de Seguridad son limitados. Tras la tregua-trampa, la estructura etarra está recuperada y vuelven los asesinatos de policías, guardias civiles y políticos indefensos.

 

El 11-S hace que parte del mundo libre comience a ver el horror y dimensión del terror y la magnitud del desafío. No es sólo Al Qaeda (la «red» en árabe). Todo está enlazado, con la araña de la muerte en el centro. El mundo recuerda el calvario español. El gobierno recibe apoyos inesperados en el resto de Europa. La persecución política en el País Vasco contra los no-nacionalistas comienza a ser conocida: mil muertos, un cuarto de millón de exiliados, miles de cargos públicos con escolta, entre ellos, todos los diputados autonómicos... ¡pero no del gobierno nacionalista, sino de la oposición!

 

Los ingentes recursos de la CIA se ponen a disposición de España. Entre ellos, los imprescindibles satélites de comunicaciones. Los restantes servicios secretos, bajo égida americana, trabajan con una coordinación sin precedentes. En dos años caen casi doscientos terroristas, y la ETA, que sigue matando cuando y como puede, no consigue alcanzar ni la decena de víctimas.

 

 

Las decisiones del gobierno español

 

José María Aznar, con una clarividencia que la historia le reconocerá, percibe claramente las cuatro razones por las que el interés general de España pide una alianza abierta con los norteamericanos en la nueva guerra contra Sadam.

 

1º Sin el apoyo norteamericano no habríamos acorralado a la ETA, más agotada y cerca de la derrota que nunca. Es única la guerra contra el terror y todas sus víctimas somos aliados. Sólo puede haber una única victoria de todos contra este mal.

 

2º Ante un nuevo desafío de Marruecos, ante una nueva «marcha verde», ante el nuevo intento por parte de la monarquía alauita de enmascarar su incompetencia y corrupción azuzando a su pueblo contra el «enemigo» cristiano, ante los «experimentos» prebélicos en los altercados de Ceuta y Melilla, ante la ocupación del islote Perejil, ante la certeza por parte de los servicios secretos españoles y extranjeros de que, en seis meses, es posible que España se encuentre con una guerra en el norte de África... el apoyo norteamericano se vuelve, por primera vez en décadas, férreo en defensa de nuestro país, y no de su tradicional aliado, nuestro vecino del Sur. Y la posibilidad de una horrible guerra con Marruecos, nunca intuida por la mayoría de los españoles, a pesar de su proximidad, desaparece.

 

3º Francia y Alemania pretenden conducir a Europa hacia el desastre económico de sus países, hacia su modelo estatista, de disparatado gasto público y crecimiento incontrolado del desempleo, de subvenciones para hoy y ruina para mañana, y, lo que es peor, de control indecente sobre una Europa plural, para la que el modelo norteamericano es una referencia, y el nacionalismo imperialista francés una vergüenza, aunque todo el mundo la tape discretamente (el mismo día que comenzaba el ataque a Irak, Francia invadía la República Centroafricana para imponer un gobierno afín. Nadie dijo nada). Frente a ese modelo, España por primera vez, tras años de marginación internacional, puede levantar la voz. Y con Polonia, Portugal e incluso Italia, demostrar que otra Europa es posible, liberal, abierta, en la que los países pequeños también cuenten, y en la que no se abandone la alianza atlántica, que por dos veces ha salvado la libertad en Europa. No existen otros modelos, no hay ninguna otra oferta europea de libertad. La otra propuesta es el agotado modelo de ese extraño nacionalismo francés extendido al resto del continente.

 

4º Iberoamérica es el gran área de interés estratégico de España, el primer inversor en el continente. Allí están los fondos de nuestras compañías, es decir, los ahorros de los españoles y nuestro futuro. Además, nuestra colaboración con los países hermanos está desarrollando sus economías y ayudando a sus democracias. Esa presencia, para ser sólida y fiable, necesita el respaldo de los Estados Unidos, confiados igualmente de un aliado solvente, que apoye la libertad y las democracias, y no a la dictadura cubana o los experimentos venezolanos.

 

Por todas estas razones, Aznar dio un paso adelante, que marcaba un nuevo rumbo en la política exterior española, que coincidía con la necesidad del momento y también con los intereses estratégicos de España a largo plazo, con la defensa de nuestros valores y de nuestras vidas, pero... que era rechazada por la inmensa mayoría de los españoles.

 

España, como gran parte de Europa, sostiene una relación de amor-odio con Norteamérica. Efectivamente, nosotros no hemos de agradecerles ni el plan Marshall, ni la liberación del totalitarismo. Aquí no nos ayudaron. Su modelo nos genera sugestión y deseo de imitación, pero a la vez, alienta el gran pecado nacional, la envidia, y todas las fobias del progresismo contra el gran éxito liberal y capitalista que América representa. Revel ha tratado con toda amplitud esta patología progresista, que ha infestado a gran parte del pensamiento europeo.

 

Un gobierno puede tener que tomar una postura contraria a las opiniones populares del momento. Pero un líder político democrático no es un caudillo ni un rey absoluto. Ha de convencer. Ha de explicar. Ha de hacerlo una y otra vez. La verdad y la conveniencia pueden ser poderosas. Pero un líder democrático ha de ser capaz de convencer a su pueblo, o al menos, demostrar un ingente esfuerzo en ese sentido, en circunstancias como aquellas. En la pasividad de Aznar en esa tarea y en la dramática escasez de explicaciones está el origen de su gran error político. Un acto de repercusión internacional como la cumbre de las Azores requería de semanas o meses de explicación a la nación, en el parlamento y en los medios de comunicación, de la nueva realidad estratégica de España y de los valores y los intereses en juego.

 

No sólo faltó la adecuada explicación y pedagogía gubernamental. Animada por la ingente concentración mediática de la izquierda en España, por los sentimientos inocentemente pacifistas de una parte de los españoles, y por los visceralmente antiamericanos de otra, se creó una inmensa movilización nacional. Pero la protesta excedió cualquier límite legítimo. En el transcurso de ella, cientos de sedes del Partido Popular fueron asaltadas. Los acosados políticos vascos del PP fueron llamados asesinos. Se creó un clima de crispación desconocido durante la democracia. Y nadie en la oposición lo condenó o hizo algo por remediarlo. Muchos hubieron de retrotraerse a las vísperas de la guerra civil para recordar una situación semejante. Pero sólo una parte agredía. La izquierda decía: «no, ellos también, ellos van a bombardear a los niños iraquíes». La inexistencia de ese bombardeo, entonces y después, parece ser universalmente ignorada.

 

Estalló la guerra y nunca un ejército se esmeró tanto en no errar ni un disparo. No llegaron a cien los muertos por errores. Fueron reconocidos, publicados y lamentados en ruedas de prensas diarias. Entre estos caídos bajo fuego americano, un periodista español. Hubo otro que murió por un misil iraquí, que incluso era hijo de un líder comunista, pero no cuenta. Su propio padre extrajo como consecuencia que había que proclamar la república en España. Una de las formas de la mentira, la asociación de ideas entre las que no existen relaciones de causa y efecto, a la vez que se ignoran las causas y los efectos reales, ya reinaba en la mayoría de los medios de comunicación. Sólo había que repetirlo una y otra vez

 

Los terroristas matan indiscriminadamente. Los ejércitos afgano o iraquí, también. A diferencia de ellos, los ejércitos aliados evitan cuidadosamente las bajas civiles. ¿Pero qué importa eso a un progresista? La gran matanza no se produce. La victoria aliada, impecable, llega en semanas. No hay un nuevo Vietnam.

 

Nadie analiza que los iraquíes, en estos meses, están viviendo por primera vez en su historia sin detenciones ilegales, sin torturas, sin desaparecidos, sin censura de prensa. Que todos, incluso los radicales, pueden manifestarse. Nadie valora que hay una constitución, que va a haber elecciones en unos meses. No se analiza que Al Qaeda ha asesinado a cientos de personas indiscriminadamente, desde sus bases en Irak. Nada importaba ya a la desbordada progresía española, que encontraba una brecha de popularidad que pudiese quebrar los ocho años de mayor prosperidad económica y estabilidad y decencia política que había conocido España en su historia. La derecha sólo podía ser mala, y ahora se estaba en camino de demostrarlo.

 

 

La masacre del 11 de marzo en Madrid

 

El 11 de Marzo más de diez bombas, en vagones de tren –variación del método palestino de los autobuses– causaba más de doscientos muertos y mil quinientos heridos en la capital de España. Se buscaba destruir la mayor estación de tren del país. Una semana antes, dos etarras habían sido capturados cuando conducían 500 kilos de explosivos a Madrid. En Navidad, se había abortado igualmente una operación para destruir la estación de Chamartín. Ahora eran Atocha y estaciones próximas.

 

Todo el mundo pensó en ETA. El primero, el presidente del gobierno vasco. Así lo dijo al cabo de una hora el ministro del Interior. Una hora más tarde, ya se sospechaba que podrían existir otras posibilidades. La tarde del mismo jueves la opción de la autoría por parte del terrorismo islamista se abría paso. Así lo informó el presidente del Gobierno al líder de la oposición y a los directores de los medios de comunicación. También el ministro del Interior, que cada cuatro horas comparecía con las novedades en públicas ruedas de prensa. Pista a pista. Captura a captura. El sábado por la tarde se pudo publicar que estaban detenidos marroquíes vinculados a Al Qaeda.

 

Nada de esto importaba. Asombrada y aterrorizada, gran parte de la población comenzó a escuchar un bombardeo desinformativo de mentiras sin precedente en nuestra historia y que pasará a los anales de la manipulación informativa. Todos los medios afines a la izquierda repitieron la cantinela de «el gobierno miente» hasta que la convirtieron en «verdad». No contentos con ello, provocaron manifestaciones ilegales en jornada de reflexión pre-electoral. Inconformes aún, lanzaron a la gente a rodear y acosar las sedes del Partido Popular. Un ex ministro, actuando como portavoz del líder socialista, acudió a las cámaras, no a pedir tranquilidad y respeto por el rival político, por la ley, por el proceso electoral, y sobre todo, por los muertos. En vez de eso, acusó falsamente al gobierno de mentir, haciendo campaña electoral y llamando a la movilización. ¿Cómo iban a condenar esas manifestaciones ilegales y antidemocráticas, ese linchamiento de los populares, los mismos que no condenaron los cientos de asaltos a sedes de un partido político democrático? En ese ambiente, se votó el día 14.

 

 

Vísperas

 

Una chica resumía en la Puerta del Sol, la madrugada ya del día 14, el sentimiento de millones de españoles: «Los terroristas tienen que saber que los pueblos de los países aliados nos opusimos a la guerra. Así que no nos maten a nosotros». Le faltó decir el final de su reflexión: que maten a otros. O, que maten a los culpables. Ah, los culpables. Los terroristas pueden condenar a culpables, imponer penas y ejecutarles. Sólo se equivocaron con el condenado. Los doscientos muertos sólo eran un error colateral del terrorismo. Siga usted, señorita, razonando de ese modo con los terroristas.

 

Al Qaeda ha matado a doscientos compatriotas nuestros, como ya lo hizo el 11 de septiembre de 2001 en Nueva York. Como ya lo hizo en mayo de 2003, antes de la guerra –de ese dato cronológico se han olvidado todos los medios de la izquierda– cuando la matanza de cuarenta personas en Casablanca. En la lucha contra el terror, una vez más, nosotros hemos puesto las víctimas. Pero el Partido Socialista Obrero Español y el resto de la izquierda y los separatistas han inventado una historia mejor: la culpa la tiene Aznar, que puso a España en el punto de mira. La culpa de los asesinatos no la tienen los que ya cuando mataron en Marruecos planificaron hacer lo mismo en Madrid. La culpa no la tienen los que pusieron las bombas y las dejaron en los vagones, mirando a la cara de los que iban a reventar en unos segundos. La culpa no la tienen las redes que los entrenan y los financian. La culpa no la tienen los que quieren imponernos una política totalitaria y un régimen de gobierno medieval y oprimir a las mujeres y conquistar nuestro país y para eso nos matan. La culpa no la tienen los integristas que no permiten el cristianismo en sus países, mientras quieren imponernos el velo en los nuestros. No. La culpa la tiene el presidente del gobierno que con más firmeza ha luchado contra el terrorismo en nuestra historia, que con más dedicación se ha preocupado por las víctimas. La culpa la tiene el que tuvo la dignidad de ir a por ellos, no a riesgo de que viniesen a por nosotros, no antes de que nos atacasen, sino precisamente porque ya lo habían hecho ellos contra nosotros, en Nueva York, en Casablanca, y en cada asesinado terrorista de cualquier signo, desde hace treinta años.

 

El Partido Socialista Obrero Español ganó las elecciones. Los tres millones de votantes adicionales que acudieron a las urnas a consecuencia del atentado invirtieron todas las encuestas. La fidelidad de 9.600.000 votos al Partido Popular no fue suficiente. El PSOE volverá a gobernar. Hemos de recordar, a nuestro país de frágil memoria, que el PSOE fue el partido que prometió sacar a España de la OTAN y no sólo no lo hizo, sino que la incorporó a su estructura militar. Eso si, hicieron lo que debían para conseguir ese objetivo, contrario a la sensibilidad de la mayoría de los españoles y a sus propias promesas y durante meses pusieron todos los medios de comunicación de España (los afines, los del Estado, y los de la derecha, que por coherencia ideológica, apoyaban la permanencia en la Alianza) al servicio de un adoctrinamiento que dio sus frutos en la victoria del sí en el referéndum.

 

Fueron gobiernos del PSOE los que enviaron tropas a apoyar la anterior guerra contra Irak, en la que, como ahora, España no participó en los combates, sino en tareas de apoyo y posbélicas. Hay que insistir: la participación militar de España entonces, con el PSOE, fue exactamente igual que ahora, con el PP. Fueron gobiernos del PSOE los que enviaron a nuestros aviones de combate a bombardear a los serbios. Ataques que causaron cientos de víctimas civiles por errores. Pero nadie dijo nada en España. La entonces oposición popular compartía los valores que hacían necesarias estas guerras de liberación. Guerras horribles, como todas, pero necesarias para detener a tiranos que torturaban, violaban y asesinaban a pueblos propios y ajenos. La oposición popular compartió la responsabilidad de la política exterior, que es una cuestión de Estado.

 

Cuando Marruecos daba los primeros pasos tácticos para iniciar una guerra, el señor Rodríguez Zapatero viajaba a Rabat, a congraciarse con el gobierno marroquí y demostrar su oposición al gobierno español. A hacerse una foto bajo el mapa de Marruecos que colorea como territorio propio Ceuta, Melilla y las islas Canarias.

 

Cuando el independentista Carod, convertido gracias al PSOE en presidente en funciones de la Generalidad catalana, se entrevistaba en secreto con los jefes de la ETA, para que matasen en el resto de España y no en Cataluña, a cambio de apoyo político, el señor Rodríguez Zapatero se limitó a lanzar la infamia de que el gobierno no había detenido a los etarras en la entrevista para perjudicarle a él.

 

Cuando las sedes del PP eran asaltadas, cosa que jamás ha pasado en España con ningún partido, salvo en el País Vasco, hasta el punto que ni siquiera las sedes de los partidos actualmente ilegalizados por terrorismo han sido nunca atacadas, el señor Rodríguez Zapatero no llamó al orden, ni siquiera a la mesura. Fueron decenas los líderes y cargos de PSOE fotografiados arrojando piedras o en los grupos que lanzaban cócteles Molotov contra las sedes de un partido democrático.

 

Cuando han sido asesinadas doscientas personas en Madrid, el señor Rodríguez Zapatero no ha dado ni una muestra de adhesión al legítimo gobierno de España. Al contrario, ha promovido la mentira y la sombra de duda, ha lanzado veladas acusaciones, ha permitido o quizás promovido que todo su partido y sus medios afines se lancen a la mayor campaña de calumnias conocida en la historia de España. Lo último que hemos descubierto, un presunto documento proponiendo atrasar las elecciones y proclamar el estado de excepción. Una patraña más del entorno mediático del PSOE, cuya falsedad ha sido desmentida hasta por ellos, pero que no les genera ni reflexión ni arrepentimiento.

 

Nada hicieron de aquello de que se les acusa, ni el gobierno ni el PP, en la noche del 14 de Marzo. Hay pruebas. Fueron evidentes las mentiras y la manipulación del PSOE y sus medios afines. Hay pruebas. Pero desde hace años en España, en gran parte de los medios de comunicación, la mentira es un arma revolucionaria (también Lenin dixit).

 

 

Zapatero-chamberlain

 

Ya lo han conseguido. El PSOE ha ganado las elecciones. El partido cuyos ministros han sido condenados por terrorismo de Estado, saqueo de las arcas públicas y una corrupción sin precedentes, sin que jamás hayan pedido perdón ni dado el más mínimo signo de arrepentimiento, ese partido, sin equipo de personas y sin programa, sin dudar en encaramarse sobre doscientos muertos para conseguir el poder, ese partido ha ganado legítimamente las elecciones. José Luis Rodríguez Zapatero será el próximo presidente del gobierno de España.

 

El día después de la victoria Zapatero podría haber dicho, por ejemplo: «España se mantendrá en la lucha contra el terrorismo, dentro y fuera de España, de cualquier signo, dentro del marco de la legalidad de las Naciones Unidas y alineado con la política de la Unión Europea». Hubiera sido un mensaje moderado, comprensible por todos, digno de un presidente del Gobierno, tranquilizador para los aliados y, sobre todo, frustrante para los asesinos.

 

Pero no: gracias al señor Rodríguez Zapatero Al Qaeda ha vencido. Los terroristas han conseguido lo que querían. Han matado a doscientas personas y no ha servido para nada, salvo para los fines de los asesinos. En setenta y dos horas Al Qaeda ha conseguido cambiar la tendencia del voto, provocando así un cambio de gobierno en España y, en consecuencia, retirar nuestras tropas de Irak –el país en que ahora mismo están entrenándose en atentados como el que acabó con la vida de siete compatriotas nuestros– debilitando así de forma muy severa la alianza internacional contra el terrorismo.

 

Zapatero, como Chamberlain en Octubre de 1938, a la vuelta del acuerdo de Munich con Hitler y Mussolini, puede tranquilizar a las masas mostrando en su mano el ignominioso tratado que vendía Checoslovaquia a los nazis: «Traigo aquí firmados otros veinte años de paz» dijo. Zapatero, sin saberlo, en su ingenua ignorancia pacifista, ha firmado con toda probabilidad la sentencia de muerte de cientos o miles de británicos, que ahora serán masacrados para que los terroristas consigan su nuevo objetivo. O quizás sean franceses. O quizás españoles, si no nos plegamos a la próxima exigencia. Su socio Carod pacta con los terroristas de la ETA para que maten a otros. Él ignora que hace lo mismo: «Al Qaeda, matad americanos, británicos, polacos, japoneses, australianos, franceses, si os place, pero por favor, a nosotros no más. Vamos a ser buenos». Su socio Carod dice que ninguna idea vale una vida humana. ¿Ni la libertad? ¿Ni la defensa de la vida? ¿Para qué han muerto esos doscientos inocentes?

 

Zapatero agita en su mano su papelito infame. Antes de un año desde la claudicación de Munich, estallaba la Segunda Guerra Mundial. Chamberlain descubría que Hitler no tenía bastante. Ya antes el tirano lo había dicho y escrito, era evidente. El terrorismo, sobre todo el islamista, no tiene bastante. También lo ha dicho y escrito, es evidente. Como dijo Churchill, la paz no se defiende elogiando sus virtudes. Sus enemigos han de saber que estamos dispuestos a luchar por defender nuestras libertades. La paz es un objetivo, pero está condicionada a la libertad, la dignidad y la vida.

 

Dentro de unos meses Marruecos comenzará a desestabilizar Ceuta y Melilla. Habrá repentinas manifestaciones violentas en esas ciudades. Morirán algunos marroquíes en extrañas circunstancias, que hará sospechosa a la Policía española. Arderán mezquitas en la Península. Se incrementarán los incidentes fronterizos. Habrá una nueva marcha verde. Ceuta y Melilla, centenarias ciudades españolas, cristianas, libres, occidentales, caerán bajo una dictadura corrupta y totalitaria. Pero ah, señor Rodríguez Zapatero, usted será entonces el presidente del gobierno de España. No cuente ya con que lo reciban en Rabat. No cuente con la simpatía de su enemigo, de ayer y de entonces. Y sobre todo, no cuente con los Estados Unidos. Tendremos guerra o perderemos la libertad en esas ciudades. Y será sólo y exclusivamente su responsabilidad y la de aquellos que lo secundaron.

 

Dentro de unos meses cientos o miles de británicos o australianos serán masacrados, en atentados idénticos a los de Madrid. Señor Rodríguez Zapatero, no telegrafíe usted a sus gobiernos, no vaya usted a los entierros. Usted los condenó a muerte cuando le mostró a los terroristas el camino que habían de seguir. Su claudicación ha dado ejemplo. Ejemplo de falta de criterio. Lo que ocurre es que la ignorancia no es pretexto para un estadista. No cuando se juega con vidas humanas.

 

Esta nueva guerra mundial va a seguir. Queda lo peor. Arabia Saudita debe dejar de apoyar al wahabismo, la propia razón de ser de su dinastía reinante. No va a ser fácil. Al odio integrista no se le va a permitir seguir asesinando e imponiendo su terror totalitario. La guerra será larga. Muy larga y extraña. Pero es una guerra. Y no dudemos de que ahora, como antes, los norteamericanos y los británicos, los pueblos que llevan un siglo liderando la libertad en el mundo, serán capaces de defenderse. Y de defendernos. Morirán muchos miles, es seguro. Nuestros muertos no fueron los primeros, ni los más. De momento, lo han sido en vano. Ahora, el gobierno que los españoles hemos decidido darnos, aún antes de comenzar a asumir sus responsabilidades, ha conseguido debilitar a nuestros aliados y animar a nuestros enemigos, los asesinos de hace seis días. Dentro de un año, cuando los líderes del Partido Popular vayan a honrar a los caídos el 11-M, el odio que ha sembrado la izquierda en estos meses aún hará que algunos descerebrados les griten «¡asesinos!», a ellos, a los políticos más ejemplares de la historia reciente de España. Estén todos tranquilos. Esos «asesinos y mentirosos» ya se van a sus casas, ya vuelven a sus trabajos de toda la vida. Pero los asesinos y mentirosos de verdad, los terroristas del 11-M, siguen con sus armas, con su proyecto totalitario y genocida para destruir la democracia y la libertad en Occidente.

 

El señor Rodríguez Zapatero ha comprado la paz para hoy. Es lo único que puede comprar la cobardía y la cortedad de miras. Pero que no dude que habrá más muertos. Y no dude que, si son los españoles los únicos que le preocupan, serán también españoles muchos de los que morirán.

 

Gritaban, en esta extraña ocasión, lo que no hicieron en otras: »No a la guerra». Pero ah, amigo, la guerra ya estalló. Tú no querías, pero la guerra ya está. Esta guerra ya nos está matando, desde hace treinta años. Un nuevo totalitarismo asesino ha desafiado a la civilización cristiana occidental, la única forma de cultura que ha dado paz, libertad y prosperidad al mundo. Quizás el objetivo sea eliminarla por esa misma razón. Si no lo percibimos, si no nos aprestamos al combate, quizás no nos merezcamos disfrutar de esa libertad a este lado del Atlántico.

 

Confío en que el señor Rodríguez Zapatero tendrá tiempo sobrado para apreciar su error. Aprenderá amargas lecciones. Que las buenas intenciones no bastan. Que los principios han de ser defendidos a veces con las armas. Que el oportunismo y la demagogia son un aliados peligrosos, que pasan al final facturas con terribles intereses. Que un estadista no es un ciudadano particular, y que sus errores no sólo pueden no ser disculpables, sino hasta criminales. Esa es la responsabilidad que se asume cuando se les dice a millones de personas que uno tiene la mejor solución.

 

Confío igualmente en la nobleza del pueblo español para, cuando recapacite en las causas y consecuencias de su terrible dolor de estos días, afrontar con la dignidad que siempre ha demostrado el desafío terrible ante el que se encuentra. Confío en que estaremos en nuestro sitio en esta lucha. Pero este error, esta política, sólo retrasará la victoria, sólo incrementará el número de muertos.

 

Fue el propio Chamberlain quien, al final, tuvo que declarar la guerra a los nazis. Su retraso costó millones de vidas, aunque no impidió la victoria. Pero fue Churchill, quien había mantenido siempre la misma postura de dignidad y perspicacia frente a la amenaza que se cernía; quien, en soledad, defendió los principios por encima de las conveniencias; fue él, y no el claudicante, quien condujo a su país a la victoria final sobre el terror y el mal.