LA INICIATIVA

 

Antonio Rubio Merino

 

Fue durante la presidencia de Bush padre, cuando uno de esos analistas geniales que los Estados Unidos son capaces de atraer desde cualquier parte del mundo –Francis Fukuyama- publicó su célebre ensayo sobre el fin de la historia. No conozco a nadie que lo haya leído completo, pero lo he visto censurado en decenas de ocasiones. El autor sigue siendo una de las mentes más claras en el análisis político internacional. Su tesis, brevísimamente resumida, venía a ser que no existía ninguna ideología política capaz de rivalizar con la democracia liberal sustentada en un sistema económico capitalista. Y que dicho sistema, superior a todos los conocidos hasta la fecha, acabaría imponiéndose en el mundo, finalizando con los conflictos que han convertido a la historia en el relato de la codicia y el asesinato en masa a través de los siglos.

 

Muchas cosas pasaron desde entonces. Resumiendo también, surgieron China y la Yihad internacional. Y la gran crisis económica de 2008 –en España, de 2007- que aún siembra su desconcierto entre nosotros.

 

Comparto la visión del señor Fukuyama, como también la de algunos de sus detractores. Y esto me llevó a la reflexión que quiero compartir sobre la INICIATIVA y la historia y que arranca aquí.

 

La historia no evoluciona de forma lineal. Existen los que Jaspers llamó “momentos axiales”, situaciones a partir de las cuales, el mundo cambia de forma acelerada y perceptible. El filósofo alemán identificaba algunos, como el acaecido entre los siglos VIII y VI antes de Cristo, cuando surgieron Lao Tse y Confucio en China, el Buda en India, Isaías y Jeremías en Palestina, Zoroastro en Persia, y Pitágoras en la Hélade. Dichos momentos estaban a su vez dinamizados por una persona excepcional, que en muchos casos se deificaba o casi.

 

Hay un hecho en el que un materialista histórico y un liberal estaríamos de acuerdo, y es que el entorno económico y social en que dichas personas surgieron no era casual. Que estuvo asociado a su aparición, a la receptividad hacia su mensaje, al dinamismo que pudieron aportar a un grupo humano que, de alguna forma, “esperaba” su aparición.

 

No quiero derivar la reflexión hacia los líderes que cambiaron su sociedad en lo religioso, ni tampoco hacia las personalidades singulares en general. Creo en la persona individual y su libertad, pero también en los grupos que forman, y que mutuamente se arrastran. La revolución francesa produjo el fenómeno de Napoleón, y éste a, su vez, generó más tarde la siguiente fase de la revolución.

 

Los asirios fueron quizás los primeros en armar un barullo enorme en Oriente, ocho siglos antes de Cristo. Eran muy agresivos, más que la media, en un mundo ya bastante cruel, pero ellos destacaban en belicosidad y sadismo. Durante mucho tiempo, el estudio de la Antigüedad de Oriente se llamó “Asiriología”. Los persas escarmentaron, aprendieron de ellos, se sometieron un tiempo y después reaccionaron. Ocuparon todo su propio territorio original, el de los asirios también y Mesopotamia y Egipto. Por primera vez hicieron también suya Asia Menor. Y comenzaron a apreciar la infinitud práctica de las estepas de Asia Central.

 

La iniciativa era de los persas en el siglo V a. de C. Fue natural que quisieren expandirse a Occidente. Y fue espectacular que los griegos les venciesen. A partir de Maratón, las Termópilas, Salamina, Platea y la feliz retirada de los Diez Mil que Jenofonte contó, la iniciativa es de los griegos. Griega es la Málaga de España y la Kabul de Afganistán.

 

En ese mismo siglo, un pequeño pueblo del centro de Italia toma la iniciativa en su comarca. Roma lidera el Lacio, al siglo siguiente Italia central, y en el III a. de C. ya toda la cuenta mediterránea occidental. La iniciativa romana es la de mayor empuje de la historia, por su sistematicidad y duración. Durante siete siglos el Senado y el Pueblo de Roma hacen cuanto sea necesario para conseguir la hegemonía mundial. Desde Kuwait a Escocia. Pero Adriano comienza la retirada hacia el año 120: el imperio ya es demasiado grande. Y Marco Aurelio se pasa la vida guerreando defensivamente contra los germanos. La iniciativa ya no es suya.

 

Hunos, vándalos, alanos, suevos, godos, burgundios, sajones y francos toman la iniciativa en el siglo V de nuestra era. En los siglos siguientes lo harán los lombardos, los vikingos, los húngaros… Y desde el sur, los árabes.

 

La cristiandad toma la iniciativa en el siglo X. Son las cruzadas. Y son capaces de arrebatar al Islam Jerusalén, ubicada en su mismo corazón. Y al mismo tiempo, en Occidente, la iniciativa es de Portugal hacia el sur y el Atlántico. De Castilla, hacia el sur y África. De Aragón, hacia el sur e Italia.

 

El siglo XVI presenta la primera potencia mundial: España. Domina Europa y América y en 1580, tiene la hegemonía en los cuatro continentes. Francia no lo puede tolerar, y durante el XVII luchará por el dominio de Europa –que consigue hacia 1700- aunque no del mundo. En el XVIII será la Gran Bretaña la nueva potencia dominante, árbitro de Europa, señora de todos los mares, y por tanto, también de sus tierras circundadas. El siglo XIX continúa este dominio, pero resintiéndose de otras “iniciativas”, especialmente Alemania, que quiere encontrar su lugar bajo el sol. La iniciativa alemana condiciona a Europa desde 1850 hasta 1945. A partir de esa fecha, la iniciativa pasa a los Estados Unidos, rivalizados por la Unión Soviética, que al cabo, ve extinguirse su fuerza impulsora en los Ochenta del siglo pasado.

 

Hay más fuerzas con “iniciativa” que no son las de los estados. Las sociedades secretas, especialmente la masonería, mueven los movimientos revolucionarios de 1775 en América, 1789 en Francia, 1830 en muchos más países de Europa. El de 1848 presenta ya el signo del nuevo movimiento socialista, que triunfará en Rusia en 1917, comenzando una nueva expansión que sembrará el mundo de banderas rojas y estados totalitarios. Los fascistas y los nazis tomaron su iniciativa, pero no estuvo unificada y fue efímera.

 

Durante los años de 1945 a 1989, sin ninguna duda, la iniciativa fue de los comunistas, dirigidos desde Moscú. Vencieron en China. No pudieron ser derrotados en Corea. Triunfaron en Vietnam y Camboya. Terminaron por imponerse en Cuba. Invadieron impunemente Hungría y Checoslovaquia. Ganaron la simpatía de los intelectuales y de amplias capas de población del otro bando. No consiguieron imponerse en Francia en 1968, y aún así consiguieron el aura de libertadores.

 

Durante ese periodo, los Estados Unidos estuvieron a la defensiva en política y milicia. Pero culturalmente, la iniciativa era suya. El cine y la música hicieron universales unas formas de entender la vida que la difusión de los dispositivos electrónicos que el mismo capitalismo americano era capaz de extender por la faz de la tierra contribuyó a la creación de una cultura juvenil universal. Auguro más futuro al rock & rol que al leninismo.

 

Sin embargo, en los Ochenta también, surgió la figura de un presidente americano que no entendía por qué la primera potencia económica y militar de la historia no tenía la iniciativa. Así que la tomó él. Ronald Reagan decidió vencer al comunismo soviético. Lo desafió y ganó. Norteamérica emergió como la única superpotencia y así lo hizo saber en Granada, en Líbano, en Irak y donde creía que debía actuar como gendarme del mundo.

 

Pero había otra iniciativa agazapada. Y es la que ahora debería fijar más nuestra atención.

 

Detrás de la apariencia de pax americana que ofrecía el mundo tras la victoria de Reagan sobre el comunismo en Europa existían realidades más complejas, a las que Fukuyama no pudo alcanzar a referirse.

 

Por una parte, los pequeños nacionalismos, que el comunismo parecía haber aplastado, habían seguido latentes, y en muchos casos, mostrarían su frustración rememorando los campos de exterminio liberados en 1945. En la antigua Yugoslavia parecía que el mundo había vuelto a aquel annus horribilis con las matanzas masivas por motivos religiosos y étnicos que, increíblemente, volvieron a sembrar de cadáveres parte de Europa Oriental. Sólo en este continente renacieron Estonia, Letonia, Lituania, Bielorrusia, Ucrania, Moldavia, Georgia, Azerbaijan, Armenia, Eslovenia, Croacia, Servia, Montenegro, Bosnia, dividida, lo mismo que la antigua Checoslovaquia… Todavía hoy asistimos al ridículo y dramático parto de nuevas nacioncillas, mientras que la Europa sensata aspira a más unión.

 

Pero esas iniciativas aldeanas, aunque en su suma pudiesen alterar el deseado orden racional de la democracia liberal y la libre empresa para todos que Reagan había soñado, no cambiaban el ritmo del mundo. La nueva iniciativa global tenía un origen aún más inverosímil y paradójico. Pero antes tendremos que remontarnos un poco más atrás. Antes tendremos que hablar del Islam y su difícil encaje en el mundo contemporáneo.

 

Cuando en 1573 la Cristiandad, liderada por España, se enfrentó a muerte en Lepanto a la expansión del Islam, el Imperio Otomano era una porción del mundo tan civilizada y avanzada como su enemigo, la Monarquía Católica, primera potencia global. Los actos de barbarie que los turcos perpetraron en los Balcanes y Hungría en 1683 no fueron muy distintos de los que apenas una generación anterior los cristianos se habían infligido entre sí en Alemania durante la guerra de los Treinta Años. Sin embargo, ese fue el último intento de una nación islámica por exceder los límites de la Tierra del Islam. Desde entonces, las naciones de mayoría musulmana vegetaron en la historia, sin desarrollo económico ni cultural alguno, salvo en aquellos países que fueron ocupados por Francia o Gran Bretaña.

 

Lawrence y los príncipes Hachemíes trataron de despertar al mundo árabe de su letargo. Aunque sólo Mustafal Kemal tendría éxito en Turquía en la transformación de una nación musulmana en un estado moderno y laico. A pesar de los intentos socialistas, nacionalistas o religiosos, a pesar del revulsivo que supuso la creación del Estado de Israel en mitad de Palestina –considerada una provocación, como una nueva cruzada- el mundo musulmán fue incapaz de evolucionar durante el siglo XX. Todavía en 2011 los únicos musulmanes del mundo que acuden a las urnas cada cuatro años para elegir libremente a sus representantes son… los árabes palestinos ciudadanos del Estado de Israel.

 

Pero la ausencia de evolución cultural no significó que se careciese de otras dinámicas internas y sociales. El reino de Arabia no se construyó alrededor de la Casa de Husayn el Jerife, sino de la de Saud del Nedj, el líder de la tribu que había convertido en su señal de identidad el seguimiento de la doctrina de Ibn Wahab.

 

El wahabismo es una interpretación del Islam que no es ni chiita ni sunnita –las dos corrientes mayoritarias-. Posiblemente sea la más radical, pues es la que más se centra en las interpretaciones literales del Corán, y por tanto, las menos flexibles. Es muy posible que sólo fuera una doctrina casi desconocida de una tribu recóndita del desierto de Arabia de no haberse convertido en la fuente de legitimidad de la Casa de Saud, que gobierna la mayor parte del territorio árabe y está sentada sobre las mayores reservas de petróleo del mundo. Y es saudita la mayor fuente de subvenciones a la proliferación de mezquitas y escuelas coránicas en el mundo, y por tanto es wahabismo, es decir, islamismo radical, lo que se enseña en ellas.

 

Los dos mayores enemigos de la libertad son el totalitarismo y el nacionalismo. El primero, por su búsqueda deliberada de la aniquilación de la libertad personal, impregnando de la política del partido único todos los ámbitos de la vida, incluso lo más íntimos y personales. El segundo, por su obsesión con la supremacía irracional de una tribu sobre el resto, y sobre todo, sobre sus propios ciudadanos, a los que somete al Estado en el cual dicho nacionalismo acaba encarnándose.

 

El islamismo comparte lo peor de ambas corrientes. Es totalitario, en cuanto que pretende de la religión dirija todos los ámbitos de la vida de la sociedad y de todas las personas sin excepción. De hecho, la religiosa siempre ha sido la forma más radical de totalitarismo posible. Y es nacionalista, en cuanto que pretende el dominio absoluto de un territorio físico –Dar El Islam, desde el Atlántico al Pacífico, España incluida- y la supremacía sobre el resto del mundo, especialmente, la aniquilación del capitalismo y su líder.

 

Pues bien, en este siglo XXI nuestro, en cuyas realidades propias parece que nos cuesta mucho trabajo reparar, la nueva iniciativa corre a cargo del islamismo.

 

China es una potencia económica, pero aún no ha tomado la iniciativa. Va camino de ser la fábrica del mundo, es ya el mayor inversor en África, y sus ciudadanos exiliados por toda la faz de la tierra configuran allá donde están la minoría más laboriosa. Pero aún no tiene un solo portaaviones. Y es muy consciente de sus fragilidades internas. Pronto tomará la iniciativa. Pero aún no lo ha hecho.

 

India es una potencia demográfica, pero todavía es muy débil para tomar ninguna iniciativa. También es consciente del largo camino que le queda por delante. Algún día tomará la iniciativa, pero aún no. Hemos de tener siempre presente que la única forma de evitar un mundo con una única gran potencia dominante que se llame China, es fomentar el desarrollo y despliegue internacional de India.

 

Algo parecido, aunque en menor escala, podríamos decir de Brasil, el más “joven” de los países del hemisferio occidental. Su febril actividad actual es una de cimentación, de bases, de asentamiento. La hora de su iniciativa aún no ha llegado.

 

No nos engañemos. Fue el islamismo quien inició la tercera guerra mundial al destruir las Torres Gemelas. Fue su represión, el temor a su expansión, lo que originó las guerras de Afganistan e Iraq, aún muy lejos de su resolución. Es el islamismo el que electrifica a las muchedumbres oprimidas y empobrecidas del llamado mundo árabe. Y es el islamismo lo que está detrás de esta “primavera democrática” que parece amanecer en estos meses.

 

¿Debemos por tanto temer, despreciar, combatir, estos movimientos antidictatoriales que están sacudiendo el norte de África y Arabia? Creo que no. Otra cosa es que debamos involucrarnos en sus guerras, aunque tiempo habrá de discutir sobre el derecho de intervención.

 

Deberíamos aprender de las lecciones de los años sesenta y setenta. Los Estados Unidos amaban la democracia, es cierto. Y combatían por tanto a su mayor enemigo, el comunismo, lo que también era acertado. Pero para hacerlo se asociaron con otros enemigos de la democracia, si no tan letales como los totalitarios, no menos sanguinarios y siniestros. Muchas mentes pensantes sentenciaban que tan pronto hubiese democracia serían los comunistas los que ganarían las primeras y únicas elecciones, y que entonces, adiós libertad. Y era cierto que eran los comunistas los mayores promotores de la resistencia contra las dictaduras personalistas de extrema derecha. Pero eso, precisamente, lo que hacía era conferir legitimidad al comunismo y desacreditar el discurso democrático y liberal de los Estados Unidos.

 

Los islamistas son enemigos de la libertad, y los hemos de combatir. Pero con la legitimidad de la democracia liberal y el desarrollo de la libre empresa. No apoyando y armando a tiranos sin escrúpulos.

 

Las primeras elecciones en las incipientes democracias iberoamericanas, procedentes de las dictaduras de extrema derecha, no dieron el poder a los comunistas, sino a líderes moderados que alentaban las esperanzas de lo mejor de su pueblo. Lo mismo que en la Europa del Este tampoco vencieron violentos viscerales anticomunistas –tampoco existían- sino quienes habían ganado el reconocimiento público en su lucha por la libertad y en el precio pagado por ello.

 

Es difícil que se pueda asentar una democracia liberal donde no están arraigados en los profundo del corazón de las personas y de las familias, de las instituciones y de la historia, los valores en los que se basa ese sistema: respeto a la persona, a su vida, su libertad, su trabajo, su identidad. Son valores esenciales del cristianismo, del judaísmo, de la mayoría de las religiones que embellecen el mosaico teológico de la India. Pero no son incompatibles con el Islam. No al menos con un Islam reflexivo y tolerante, evolucionado desde las lecturas literales de sus Escrituras, que tanto nos recuerdan lo más oscuro de nuestra propia Edad Media.

 

No cabe la menor duda de que lo que está ocurriendo en el mundo árabe tiene detrás, como elemento mejor organizado, al islamismo. Pero es igualmente cierto que la enorme extensión de las revueltas demuestra que el ansia de libertad, de desarrollo económico y de una justicia que combata la corrupción del poder político está profundamente arraigada en esas sociedades, aunque sea a través de definiciones confusas.

 

Puede pues que sea difícil que una auténtica democracia crezca en muchos de esos empobrecidos, superpoblados y mayoritariamente analfabetos países. Existe un riesgo de extensión del islamismo. Pero si creemos en la libertad, cuya mejor forma de organización política es la democracia, sólo podemos saludar con optimismo esta primavera árabe. Con optimismo y prudencia.

 

Puede que sin darnos cuenta, y sin el empuje valiente que toda auténtica actuación política requiere, sea la libertad de la persona la que tiene la gran iniciativa de la Historia.