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27/08/2012

NO HAY JUSTICIA SIN LIBERTAD


Se llama Michael J.Sandel y está ganando mucho dinero en su país natal, los Estados Unidos, impartiendo un seminario que titula “Justicia”, desarrollando su reciente libro “Lo que el dinero no puede comprar. Los límites morales de los mercados”.

Sintomáticamente, un resumen de su actividad era titulado este verano por el diario económico “Expansión” con la curiosa frase “¿Ha puesto precio a su vida?”.

Sandel habla de la inmoralidad de que el capitalismo supere los límites de la empresa, y denuncia sus excesos. “¿Por qué hay aerolíneas que ofrecen saltarse la cola de embarque por dinero? ¿No es este gesto un símbolo de desigualdad social? ¿Por qué los que tienen más posibilidades económicas también disfrutan de privilegios que degradan al que tiene al lado? Y ¿por qué muchas empresas venden e incentivan esta desigualdad social que humilla a una parte de sus clientes?”.

Como el autor plantea preguntas le ofreceremos respuestas. Las aerolíneas ofrecen diversas formas de acceder al avión. Unas son más rápidas y otras más lentas. A las más rápidas se puede acceder o por pagar más dinero o por tener una tarjeta determinada de fidelización. El acceder al avión es uno de los momentos más penosos de volar. Las aerolíneas ofrecen la posibilidad de hacerlo más llevadero, o bien por dinero, o bien a cambio de volar más con la compañía. El haberle dado un valor económico es un auténtico éxito de esas compañías. El autor da por hecho de que sólo pueden hacerlo quienes tienen más posibilidades económicas. Y aquí está el craso error, que en su caso, lamentablemente, debido a su formación, sólo puede atribuirse a un malicioso sesgo en el planteamiento. Quien escoge pagar más por acceder más cómodamente al avión no tiene por qué tener más posibilidades económicas. Simplemente escoge gastar su dinero en eso mejor que en otra cosa. Gracias a ello, a ese ingreso suplementario, la compañía puede, por ejemplo, poner más baratos el resto de sus billetes, o incorporar mejoras que benefician a todos los pasajeros. E, insistimos, hay muchos pasajeros que pueden acceder sin coste, simplemente por tener la tarjeta de fidelización, fruto de que viajan mucho, y acaso la única compensación que obtienen y pueden compartir con su familia a cambio de una vida profesional llena de penosos viajes. Sandel da igualmente por hecho de que es un símbolo de desigualdad social, que eso degrada y humilla. ¿Por qué da por hecho que dos colas son dos clases sociales? Y ¿por qué cree que una degrada a otra? Cuando yo embarco por la cola de “business” no pienso que los de la otra cola sean más pobres o infrahumanos. De hecho, a menudo la gente con más dinero decide optimizar sus gastos, y valoran menos su tiempo o comodidad en relación con el avión y volar en clase económica. ¿Hay aquí injusticia o hay prejuicios?

El siguiente ejemplo que pone Sandel es lo degradante que es que alguien cobre 15 o 20 euros por hora por guardar la cola que debería soportar otro.

Una vez más, nuestro amigo ignora tres hechos. Primero, que la decisión de qué hacer con el tiempo de uno es libre, y que cada uno escoge qué valora más, si esa hora o los 20 euros. Segundo, que el tiempo de todo el mundo no vale lo mismo, sino su valor de intercambio. Una hora de un futbolista de élite haciendo su trabajo vale decenas de miles de euros, porque así lo decide quien paga por ello. Y lo mismo con una hora de un profesional, cuyos conocimientos pueden hacer ganar millones a quien los emplea.

Nuestro tiempo no vale igual en cada persona, sino en cada caso la cantidad de dinero que otros libremente nos dan por lo que hacemos en él. Y tercero, una cola no es un castigo que hay que soportar. Es un mecanismo de organización de procesos que aplica un criterio que intenta ser justo para suministrar un bien o servicio: que se atiende primero a quien primero llega.

Eso no es ni más ni menos justo que atender primero a quien más lo necesita. Pero es más objetivo y ordenado, y por tanto eficiente, es decir, económico –más resultado con menos gasto- y por tanto, más justo.

Y por último pone el ejemplo de la educación, de las mayores oportunidades que tienen los hijos de familias que pagan más dinero por mejor educación.

¡Vaya descubrimiento! ¡La sociedad es desigual!

Pues mire, señor Sandel, la sociedad es desigual, porque los seres humanos somos desiguales. Los padres tratamos de proporcionar lo mejor que podemos a nuestros hijos, y nada les proyecta un mejor futuro que una mejor educación. Pero esa aspiración no es privilegio de una élite económica, sino común a toda la especie: todos queremos mejor educación para nuestros hijos, en el Upper East Side de Manhattan y en la República Centroafricana. La solución habitual de todos los idealistas ingenieros sociales es una misma educación para todos, para evitar las injusticias –y facilitar el adoctrinamiento-. Con eso han conseguido en todo el mundo unos sistemas permisivos, de bajo nivel y altos índices de fracaso.

Los defensores de ese sistema piensan que igualar a todo el mundo por abajo es mejor que el “malestar” que generan los mejores estudiantes a la mayoría menos esforzada. Y luego está la solución de la libertad: que quienes quieran libremente puedan promover centros de enseñanza mejores y que los padres que quieran y puedan, libremente, acudan a ellos.

Decisión suya será si quieren prescindir de otros gastos para invertir en la educación de sus hijos. Como libre decisión será de esos centros si quieren becar a alumnos brillantes para que puedan acceder a esa formación. En todo caso, la sociedad será la gran beneficiada, al desarrollar más el talento emprendedor, creativo y científico, cuyos logros repercuten en el bien de todos.

Puede que en la sociedad norteamericana, donde el precio de las cosas aparece a veces como el único criterio –a veces algo groseramente- de su virtud o belleza sea necesario recordar que el dinero no es el único referente de valor, que existen también la belleza y el bien.

Pero eso no significa que el dinero no sea un buen referente de valor, y de hecho, el mejor para determinar el valor de intercambio de los bienes y servicios. Y que intercambiar libremente bienes y servicios es el mecanismo por el cual se ha producido la segregación y especialización del trabajo y el conocimiento y es por tanto la fuente de todo nuestro bienestar material, que cada día se extiende a mayores capas de población en todo el mundo.

¿Acaso el señor Sandel, como otros tantos como él, no entiende los mecanismos elementales con los que el mundo funciona y se hace próspero? ¿No sabe del terror de los sistemas alternativos, los que hacen que sea un poder arbitrario y totalitario quien decide qué es justo que cada uno haga con su tiempo y su dinero? ¿Propone un consejo de sabios como él que determinen qué es justo cada momento? ¿Habla por él el amor a la verdad, la libertad y la justicia o una agazapada envidia?


Piensa en libertad.


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