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16/08/2012

LA CONSTITUCIÓN NO ES EL PROBLEMA


La Constitución Española de 1978 no es un sueño liberal. No podría serlo.

Es el resultado de un difícil consenso entre todo el espectro político español de entonces, donde prácticamente todas las doctrinas eran estatistas, bien de derecha, bien de izquierda.

Pero como decía Burke, no se pueden juzgar sistemas políticos desde planteamientos teóricos. La Constitución de 1978 ha funcionado como último soporte legal de un Estado de derecho en régimen de democracia durante 34 años. Y eso es un mérito en sí mismo.

Las ilusiones y esperanzas de la Transición están hoy tan lejos como los temores e incertidumbres de entonces. La ruina económica que padecemos está motivada por una clase política irresponsable en toda la extensión del término que ha creado un Estado de dimensiones elefantiásicas insostenible en su coste y en el estrangulamiento que causa a la sociedad civil. Existe una cierta sensación de cambio de régimen, y muchas voces hablan de la necesidad de modificar la Constitución.

Si nuestra Carta Magna tuviese la brevedad y claridad de la Constitución de los Estados Unidos, sería un planteamiento innecesario. Pero no, los redactores se empeñaron en la prolija relación administrativa de supuestos derechos y normas de segundo nivel que invitan a su posterior modificación, cuando el mundo cambie respecto a los planteamiento en que dichas definiciones "definitivas" tuvieron lugar. Parecería que dicho momento ha llegado.

Sin embargo, cuando releemos la Constitución dicha necesidad no es tan clara. La actual crisis de responsabilidad política puede ser contenida en futuras reediciones a través de las últimas modificaciones introducidas en materia de equilibrio presupuestario. Otros focos apuntan entonces a la Ley Electoral, que desarrolla el artículo 68. En el mismo se habla de sistema proporcional. Y a dicho sistema se apunta como origen de la parte moral de esta crisis política. Es cierto que nuestro país está enfermo de partitocracia, pero la única alternativa al sistema proporcional sería el de distritos unipersonales y mayoritarios, a la forma anglosajona. Otro sistema que buscase una mayor representatividad de otros partidos más pequeños no solucionaría el problema de la omnipresencia de los partidos, sino que lo agrandaría, y haría además a España ingobernable. Para superar esa mala experiencia de las primeras democracias europeas fue para lo que se adoptó el sistema D´Hont, que tiene muchos defectos, es cierto, pero que garantiza el objetivo último de la gobernabilidad y la alternancia política.

Una vía mucho más fácil de regeneración sería el desarrollar el principio de que los partidos políticos han de ser democráticos, y que dicha democracia interna fuese fiscalizada, y especialmente aplicada a los mecanismos de elaboración de las listas electorales, de forma que éstas tuviesen siempre que ser el resultado de una elección interna en el partido en la que todos los militantes tuviesen derechos a presentarse y votar.

Pero la reforma de más alcance tiene que ver con la institución que en la Roma republicana se consideraba como más venerable: la de Censor. Es urgente que las funciones del Defensor del Pueblo se refuercen -no hay necesidad de crear otra magistratura- con una fiscalía especial que persiga todos los delitos de corrupción política. Y una norma muy elemental en su desarrollo debería ser que todo cargo electo y todo cargo público nombrado por un cargo electo debería automáticamente sufrir una inspección de Hacienda de los tres últimos años, tener abiertos a inspección todos los ejercicios durante los que desempeñase su puesto y, tras dejarlo, los cinco años siguientes.

Las más altas magistraturas de Roma se identificaban por el empleo de la silla curul. No se trataba de un trono crisoelefantino, sino de una sencilla silla de tijera, como las que se usan para ir al campo, bastante incómoda en definitiva. Una silla en la que no apeteciera estar sentado mucho tiempo. Y de eso se trata. De que ser un cargo público sea una carga, no una fuente inagotable de prebendas, y que quien lo desempeñe, en compensación del poder que ejerce sobre nuestras libertades y propiedades, sea controlado, aunque esté incómodo.

No hace falta tocar la Constitución, que funciona, sino lo que no funciona.


Piensa en libertad.

 La Constitucion no es el problema.pdf


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