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04/07/2012

SIMPLIFICACIONES Y MENTIRAS


La más desafiante característica de nuestro tiempo es la complejidad.

Recibimos una cantidad de información que ningún ser humano está capacitado para procesar. Y el mundo se está tornando global, de forma que los impactos nos llegan continuamente y desde todos los lugares de la Tierra. Todo está entrelazado.

En ese contexto, la simplicidad es una virtud, que se puede transformar en auténtica necesidad cuando lo complejo nos abruma y nos hace sentir pequeños, confundidos, desorientados.

Varias películas norteamericanas han popularizado el concepto de “explicar algo como si se tratase de un niño de cuatro años”. Y no es un ejercicio que haya que despreciar. Se supone que cuando explicamos algo a un niño pequeño, con su disco duro aún casi en blanco, pero su procesador de información al máximo de su potencia, tratamos de extractar lo que es esencial, reducir los mecanismos de causas y efectos al mínimo, eliminar todo ruido superficial y… decir la verdad. Hay algo excesivamente perverso en mentir a conciencia a los niños.

Cuando decimos que “el origen de la crisis está en la deuda excesiva” enunciamos una simplificación, que además es verdadera.

Sin embargo la frase “los bancos son los culpables de la crisis” es una simplificación, pero que es falsa.

Lo curioso es que la segunda frase tiene más éxito que la primera. Y ello por varias razones que tenemos que analizar con cierta severidad.

La primera crítica es al concepto de “culpa”. Los liberales, filosóficamente, nos consideramos herederos del empirismo británico. Es decir, que creemos que la observación científica puede concluir que sistemáticamente dos hechos ocurren siempre de forma simultánea o consecutiva, con lo que se puede establecer una regla de relación, e incluso definirla como “ley”, pero nada de ello es definitivo, ni está escrito en ningún sitio, ni tiene más fuerza que su finalidad práctica basada en observaciones concienzudas.

Dicho de otra forma, los empiristas somos escépticos, también en relación con la llamada “ley de causalidad”.

La culpa es una causa en la que hay responsabilidad y voluntad de causar un daño. ¡Uf, demasiado para un liberal! Nos cuesta trabajo identificar dogmáticamente las causas. Atribuirles una voluntad –pensante- que además tiene ánimo de hacer daño, cuando en realidad la vida cotidiana revela que la mayor parte de nuestras acciones son positivas y tendentes a realizar un bien, y no al revés, en fin, nos suena inquietantemente inquisitorial. Nos repugna la palabra culpa. Llegamos, como mucho, al concepto de responsabilidad. Pero aún así, siempre creemos que la causalidad tiene que ser sistemáticamente demostrada.

Pero, ah amigos, la culpa está hondamente enraizada en nuestro acerbo social. La comunidad primitiva tiene en común el tótem, el tabú… y el culpable, el paria, el proscrito, el que carga con el mal. Es una superstición como otra cualquiera, pero atávica y hondamente arraigada. Si hay culpa tiene que haber un culpable. Y ¿qué mejor culpable que el banco?

El mercader de dinero no ha sido nunca simpático. Jesucristo integra a uno en su grupo como signo máximo de que se puede acoger en su comunidad hasta a los más pecadores entre los pecadores. La Iglesia sentenciará después: “pecunia pecuniam non parit”. “El dinero no engendra dinero”.

Prohibición de los intereses en los préstamos. En fin, ignorancia crasa en materia financiera –como en astronomía-.

Que la banca es enemigo del pueblo es una consigna del socialismo desde su creación. En esa ignorancia, acompaña a la más rancia tradición eclesiástica –pues no en vano el marxismo también es una religión. Pero no tiene más base científica tampoco en ese caso.

Los bancos, sencillamente, prestan un servicio que la mayoría de la gente no comprende. En estos días circulan infinidad de explicaciones –simples- en la red sobre el papel de los bancos, y todas adolecen de los mismos groseros errores que llevaban a los criptojudíos y herejes a la hoguera en el siglo XVI. La mayoría de las personas no entienden qué es el dinero fiduciario –que tiene un elemento importante de fraude, es cierto, pero político, no financiero- ni cómo se genera ni qué significa en su vida. La mayoría ni siquiera repara en que el dinero en efectivo apenas representa una diezmilésima parte de sus bienes.

Los poderes políticos, controladores de los medios de comunicación, no quieren explicar que el dinero fiduciario –el que se basa en la fe, fiducia, en la decencia del gobierno, es decir, de los políticos- es el mayor fraude perpetrado contra los trabajadores en el siglo XX. Sesudos economistas dicen que el patrón oro no era viable, pero no explican por qué no se adoptó algún otro patrón fijo e inasequible en su riesgo de manipulación por los políticos. No. Todos los políticos del mundo decidieron que era bueno que ellos determinasen lo que valía nuestro dinero.

Como produjeron “dinero” de más –a través de la deuda- para financiar su poder, crearon una inmensa burbuja, que es el origen de la crisis actual.

Nadie sabe qué vale qué. En el camino, también nos invitaron a los particulares a que nos endeudásemos. También nosotros vimos en ello una vía de enriquecimiento, especulando con que subirían los precios de aquello que nos endeudábamos para comprar –esencialmente, pisos- y de disfrutar en el momento presente una riqueza futura –que olvidábamos que habría que pagar-.

Así que ahora compartimos “culpa” con nuestros cada vez más denostados políticos. Y eso no es agradable. La tensión de la libertad aparece con toda su crudeza: si somos libres de elegir somos responsables de nuestra elección.

Y frente a esa tensión, la muchedumbre enfurecida necesita un culpable. Y ¿quién mejor que la banca?

Pues bien, la banca no es la culpable de la crisis. No lo es más que usted y que yo. Si quiere un culpable, si quiere un causante con responsabilidad, mire más arriba. Piense en quién impuso el dinero fiduciario, quién falló en su supervisión del sistema financiero –cuyas licencias sólo él concede- quién creó la burbuja inmobiliaria y quién gestionaba las cajas de ahorros –no los bancos privados- que son las que están quebradas y demandando nuestro dinero. Y son los mismos: los detentadores del poder político. De todo signo político. O como diría Hayek, “los socialistas de todos los partidos”.

Simplicidad no es sinónimo de verdad. Pero hay verdades simplemente enunciadas que deberían ser capaces de activar las soluciones. Hoy propondremos dos:´

“Las deudas son malas”.
Y “la gratuidad es propia de esclavos”.


Piensa en Libertad.

 Simplificaciones y mentiras.pdf


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