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25/04/2012

YO TENGO DERECHO


Me cuenta una amiga que las diferencias entre Francia –donde ha vivido y trabajado durante años- y el resto del mundo las explica con la reacción de sus dos sobrinos –español uno y francés el otro- al subirse a un árbol demasiado alto y reñirles para que bajen. El niño español responde: “¡Pero si puedo hacerlo!”. Mientras que la argumentación del francés es: “J´ai le droit”, o sea, “yo tengo derecho”. Estoy de acuerdo con ella en que es difícil una explicación más breve y elocuente.

Pocas palabras están más adulteradas hoy en día que “derecho”.

Posiblemente la crisis que sufrimos sea tan descomunal porque no es económica, sino moral. Y ninguna enfermedad moral más grave que no saber siquiera qué es un “derecho”.

Nacemos con tres derechos esenciales. Derecho a vivir –VIDA-. Derecho a hacer con nuestro tiempo lo que deseemos –LIBERTAD-. Derecho a disponer pacíficamente de nuestros bienes, del fruto de nuestro trabajo o del de nuestra familia –PROPIEDAD-. Desde que nace, desde los albores de nuestra especie, el ser humano es precario, necesitando de la ayuda de otros para vivir y sobrevivir, obtener su comida, su vestido y su abrigo. Pero tan pronto como es autosuficiente su obligación personal de atender a esos deberes –su subsistencia- se vuelve tan imperativa como la forma de hacerlo –sus derechos.

Sin embargo hemos deformado hasta tal punto la palabra que hoy hablamos del “derecho” a una vivienda, a medicinas gratuitas, a la luz eléctrica o a estudiar la carrera que nos plazca sin pagar por ella.

El nacer en una sociedad rica no da ningún “derecho” a los nacidos sobre esa riqueza, preexistente a su nacimiento, y que ellos no han producido.

Nadie tiene “derecho” a que otro trabaje para él. Eso se llama opresión y esclavitud. Los que han tergiversado el lenguaje hasta llegar a ese punto llaman esos falsos derechos “derechos positivos”. Pero no son tales. Son derechos de “imposición”, que unos, más fuertes en su violencia o en su número, tratan de imponer a otros, los que trabajan.

Los únicos derechos auténticos son los que los manipuladores llaman “negativos”: que NO me quiten mi vida, que no me quiten mi libertad, que no me quiten mi propiedad. No deberían tener apellidos, porque estos son los únicos derechos auténticos, los que la comunidad, el Estado, debería proteger.

El problema de nuestra crisis moral no es verbal. Lo semántico es un reflejo de lo real. Las discusiones “semánticas” son las que tratan sobre las auténticas discrepancias. Y la crisis es tan grave porque no nos hemos conformado con llamar “derechos” a los que no lo son, sino que negamos como derechos los fundamentales, los de “protección”.

Así, vemos que sistemáticamente se niega el derecho de las personas a disponer del fruto de su trabajo. El nuevo candidato socialista francés habla directamente de confiscar los sueldos de quienes ganan más de un millón de euros. Otros, en España, de quitar las tierras de determinadas personas, según cualquier criterio arbitrario. En otros continentes, se roba directamente a determinados accionistas la propiedad de su empresa. Y a esta violación del derecho esencial a la propiedad, garantía contra la esclavitud, se la llama “derecho”.

La “ley seca” norteamericana debió demostrar lo inútil del prohibicionismo en la lucha contra las drogas. Pero los Estados no aprenden. Luego llega la prohibición al tabaco, la regulación de la velocidad con fines recaudatorios, pronto los contenidos calóricos de los alimentos. Los horarios de apertura de los comercios son un tema más serio y violento. Y el libre tráfico de las personas, de los que más. Quizás el más totalitario y enfermizo de todos, la imposición de idiomas en los que comunicarse o educar libremente. La restricción a todas las libertades, la injerencia del Estado en la vida de los individuos y sus familias, y todo ello justificado bajo diferentes acepciones de “derecho”.

Y por último, el más sagrado de los derechos, el de la vida, es sometido al criterio de comodidad de la madre, de coste asumible por la Seguridad Social, o de otras opiniones igualmente arbitrarias sobre el dolor de terceros. La eutanasia se presenta como un avance social, el aborto como un “derecho” incuestionable. No sé por qué sus defensores no atienden los argumentos de los partidarios de la pena de muerte en Estados Unidos.

Aprenderían bastante sobre ambas posturas.

El paroxismo de la enfermedad llega cuando una comunidad renuncia incluso a su derecho a la vida, a la autodefensa de los individuos o de su sociedad. Cuando atrapados en un síndrome de Estocolmo colectivo, todos los agresores tienen derechos y justificaciones y las víctimas han de renunciar a su derecho a la vida y a su aspiración a una justicia reparadora en nombre de abstracciones grandilocuentes, entonces podemos decir que un país ha perdido el Norte. La brújula de lo correcto y lo incorrecto se ha roto.

Nadie tiene “derechos” que imponer sobre nosotros, más que el respeto a los sagrados derechos de cada individuo, que tenemos el deber de defender. Sólo una sociedad así será digna de vivir y sobrevivir. La historia es implacable con las enfermedades morales.


Piensa en Libertad.

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