Piensa en Libertad

Libertad - Ley - Letras

TODOS NUESTROS EDITORALES 


Volver al resumen

26/01/2012

EL ESTADO ES EL NUEVO OPIO DEL PUEBLO. Un análisis marxista liberal.


Nuestra especie, durante la mayor parte de su existencia, se agrupó en pequeños núcleos familiares, viviendo de la caza y la recolección. Cuando inició su asentamiento, porque comenzaba a alimentarse de la agricultura y la ganadería, pudo producir un excedente que almacenar, y tuvo la necesidad de protegerlo de otros grupos, que querían apropiarse de ello. Así nacieron las ciudades y los ejércitos. Y sus jefes.

Las aspiraciones de trascendencia que anidan en el corazón de la mayoría de los seres humanos han sido periódicamente atendidas por hombres excepcionales, profetas y sabios, que han reclamado una mayor o menor intimidad con lo divino, pagando generalmente un alto precio por ello, y creando las grandes religiones que siguen la mayoría de los habitantes de nuestro planeta.

Durante la mayor parte de su breve historia –no mucho más de 5.000 de los 3.000.000 de años de nuestra especie- la humanidad ha vivido de forma similar, subsistiendo del producto de la tierra, que permanecía constante. Y así el planeta soportó sobre sí sólo a 200 millones de habitantes durante siglos. Si había más personas, se producían hambrunas, que terminaban por cuadrar la oferta y demanda de alimentos. Sin embargo sobre esto se sabía poco. La Historia, la estudiable, la que constaba en los libros y las inscripciones, sólo hablaba de los hitos y las gestas de los jefes de los ejércitos y sus familias –el Trono- de los directores de la religión y de los mitos por ellos recreados –el Altar-.

La filosofía griega sentó las bases para cambiar esa forma de pensar. El derecho romano y su implantación en un imperio universal apuntó la posibilidad de un gobierno de leyes, no de hombres. Y el cristianismo difundió una religión que apelaba a los más humanos y nobles sentimientos de ayuda al débil y perdón de las ofensas. La barbarie dificultó el desarrollo de todas esas semillas, pero no las destruyó. Y en el Renacimiento germinaron, en una eclosión de la razón humana como eje de la persona y de sus construcciones sociales, en un movimiento imparable –aunque dificultado con algunas hogueras y nuevas guerras- que pasando por la Ilustración, llega hasta nuestros días.

La razón aplicada a la industria produjo un desarrollo económico sin precedentes. El bienestar que antaño había estado reducido a los pequeños estados mercantiles –Atenas, Venecia, Inglaterra- se extendió por muchos más países. La polaridad entre una minoritaria casta de dominadores y una inmensidad de siervos que trabajaban para ellos conoció ciertos niveles de graduación. Y una nueva posibilidad, la de un mundo con mayores recursos, crecientes casi sin límite, aguijoneó las ambiciones de la porción más avanzada del mundo: Occidente.

A mediados del siglo XIX nuevos desequilibrios habían aparecido. La pobreza de siempre se manifestaba de nuevos modos, desconcertantes y terribles, frutos de la también novedosa urbanización. Y la nueva situación tuvo su pensador providencial: Carlos Marx.

La filosofía de Marx aportó elementos nada despreciables, como las siguientes ideas:

- Lucha de clases: desde hacía milenios, los dominantes y los dominados luchaban entre sí, llevando la mejor parte y venciendo hasta la fecha no los más –los pobres- sino los más fuertes –los ricos-.

- Plusvalía: los trabajadores sólo recibían una mínima porción del valor generado por su trabajo –la imprescindible que requería su subsistencia- quedando el resto para el propietario de los medios de producción, el capitalista.

- Pauperización creciente: como consecuencia de los dos principios anteriores, los pobres serían cada vez más pobres, y los ricos, más ricos.

- Alienación: el trabajador, cada día más separado de la naturaleza, de la organización de su propio trabajo y hasta de sí mismo, viviendo una vida sin sentido, no tendría más futuro que un embrutecimiento creciente.

- Materialismo histórico: todo esto no había sido denunciado antes porque casi todo el conocimiento producido y difundido hasta entonces lo había sido por las castas dominantes para someter a las dominadas. La religión, en concreto, no era más que un opio para adormecer al pueblo.

Las ideas de Marx no eran perfectas, y por supuesto, la historia posterior se ha encargado de revelar los errores de su planteamiento dogmático. Pero como digno hijo de Hegel, que a su vez lo era de Platón, el marxismo es una religión, llena de uso mágico de las palabras, que trata de pasar por una filosofía que analiza objetivamente la realidad.

Las flagrantes injusticias del siglo XIX produjeron procesos revolucionarios en todo el mundo. Donde los que se hicieron con el control de la situación fueron los defensores del dogma marxista, trataron de que la rebelde realidad se sometiese a su doctrina mediante los campos de concentración y el exterminio de masas. Desafortunadamente aún nos quedan Corea del Norte y Cuba para recordar la huella atroz que el marxismo-leninismo, o comunismo, ya sea interpretado por Stalin, Troski, Mao, Pol Pot o Castro, deja en el mundo. Se estiman entre 70 y 100 los millones de seres humanos inmolados en el altar de esta nueva y perversa religión.

Cuando los comunistas vencieron a sus hijastros, los nacionasocialistas, llevaron su frontera a doscientos cincuenta kilómetros de Francia, partiendo Alemania y lindando con Italia. Europa entera trató de negociar entre los valores de la libertad -que reinaban en Norteamérica e Inglaterra había engendrado- y las doctrinas totalitarias del vecino imperial soviético. Nació la socialdemocracia como transacción.

La idea de que el Estado, si era gobernado por unos políticos elegidos por un procedimiento democrático, era el instrumento ideal para solucionar las injusticias que producía el libre funcionamiento de la sociedad, donde los ricos siempre oprimirían a los débiles, se convirtió en el nuevo dogma de la segunda mitad del siglo XX. A ese Estado democrático que, a través de los impuestos corregiría y mejoraría la libertad personal se le llamó “Estado del bienestar”. Y es esa gran mentira la que ha reventado en esta gran crisis del siglo XXI.

La izquierda política continúa viviendo en un lenguaje mágico. El color rojo es siempre muy emotivo en las banderas –todos los toros lo saben- y la Internacional, una melodía maravillosa –hasta Ayn Rand lo opinaba así-. El Palacio de Invierno siempre parece digno de ser asaltado, y el cine de Eisenstein será siempre una obra maestra. La ignorancia de la mayor parte de las gentes sencillas las hace vulnerables a eslóganes tan falsarios como infantiles que plantean alternativas imposibles como “¿educación pública o negocio?”.

Ante esta nueva situación, y considerando que el análisis marxista produjo un auténtico revulsivo en la economía, la filosofía, la religión y la política de los dos siglos siguientes, y que ofrece una impecable coherencia metodológica, quizás no estaría de más aplicarlo a una disección fría de la realidad presente.

El primer dato que tenemos que apreciar es el relativo a la plusvalía. ¿Quién se queda con lo que produce el trabajador? El lenguaje mágico de la izquierda, con su control de los medios de comunicación, responde: “¡los capitalistas, los empresarios, los ricos!”. Pero, ¿es eso cierto?

Pongamos el ejemplo de un trabajador que gane 24.000 euros brutos al año. Sería poco más de mileurista, la condición que agrupa a 12 de los 17 millones de trabajadores españoles. Ese es el sueldo que a él se le dice que cobra. Pero no es cierto. Su empresa paga 30.720 euros por su trabajo, pero se le obliga a que ingrese el 28% de esa cantidad en las arcas del Estado, en su manifestación de Seguridad Social, y sin que el trabajador sea informado de ello. Tampoco se le tendrá en cuenta al trabajador para calcular su pensión ni su indemnización. El Estado no quiere que el trabajador sepa que, antes de que él pueda conocerlo, el 28% del fruto de su trabajo, de lo que su empresa pagaría por él, ha ido a parar, silenciosamente, a las insaciables arcas de Leviatán.

De los 24.000 euros que quedan y que el trabajador ya sí ve, al menos en el papel de la nómina, un 7% irá al Estado, de nuevo en su denominación “Seguridad Social” y, con ese nivel salarial, le corresponderá entregar otro 30% adicional al Estado, bajo el nombre de “Hacienda Pública”. ¡Qué cuatro hermosas palabras –hacienda, social, seguridad, pública- que, en un momento, se han quedado con 15.600 de los 30.720 euros del producto del trabajo de esa persona. Un 49%.

Pero, lamentablemente para el trabajador, el insaciable Estado no se quedará ahí. Y bajo sus advocaciones de IVA, IBI o Impuestos Especiales, con los instrumentos de Agencias Estatales o Municipios, todavía recaudará un 18% de IVA, o un 75% de impuestos a las gasolinas. Siendo generoso y quedándonos muy cortos, otro 20% adicional: algo más de 3.000 euros.

De esta forma, los 2.560 euros mensuales que el trabajador se gana con su esfuerzo sólo le quedan 1.008. Sí, un 60% ha ido a parar a manos del Estado.

Sin embargo, miremos a la empresa de ese trabajador. Cojamos al azar una cotizada española del sector servicios, una gran empleadora. De los 3.000 millones de euros de su facturación, 2.000 se destinan a pagar sueldos y salarios y seguridad social, 500 a proveedores -que también pagan sus sueldos- y 300 a inversión. Quedan 200 de beneficios, de los cuales 70 irán a nuevos impuestos, 70 a reservas -para financiar el futuro de la compañía y 60 se repartirán a los accionistas, los malvados capitalistas, las más de las veces fondos de inversión que agrupan los ahorros y pensiones de millones de trabajadores. Así que los malvados empresarios reciben menos del 5% de la plusvalía y el Estado más del 60. Curioso.

¿Para qué quiere el Estado que los ciudadanos trabajen para él entre 7 y 9 meses del año? –No olvidemos que si el trabajador está más cualificado y las empresas están dispuestas a pagarle más por su trabajo, su carga fiscal puede llegar al 75%-.

El Estado, nos dicen, garantiza la sanidad, la educación, la defensa y la seguridad de todos, y por eso debemos darle ese dinero.

Todo el mundo acepta, incluso los liberales más recalcitrantes, que el Estado debe garantizar la educación y la sanidad y proveer a la defensa frente a los enemigos internos –con la policía- y los externos –con el ejército- y asumir las inversiones comunes que unos particulares no podrían afrontar, tanto por recursos como por cuestiones organizativas.

Pero ocurre que nuestro Estado gasta menos del 30% de lo que ingresa en esas partidas.

Y ocurre también que la enseñanza pública cada día pierde más calidad, y los padres que se lo pueden permitir –casi todos los políticos- llevan a sus hijos a centros privados. Ocurre que la sanidad pública es una fuente de inagotable derroche, y ahora que no puede asumir sus costes, recorta prestaciones básicas. Y todos los que se lo pueden permitir –los políticos y los funcionarios del Estado- acuden a la sanidad privada. Y ocurre también que cuando los particulares quieren sentirse seguros, acuden a empresas de seguridad privada. Y por último, ocurre que a los ocho millones de pobres que tiene España, y que siguen siendo esa espantosa cantidad, década tras década, a pesar de los inmensos recursos que el Estado esquilma a los trabajadores, esos millones de pobres no son alimentados por el Estado, sino por la Iglesia Católica, y apenas existen albergues en España para los transeúntes y desahuciados, excepto los que gestiona esa institución privada.

Existe hoy una opresión entre dos clases: la de los políticos que determinan los impuestos y los malgastan en sus privilegios, a veces en sus corrupciones, y casi siempre en sus derroches innecesarios e ineficientes; y la de los pagadores de impuestos, la inmensa mayoría, que entregan esa plusvalía al Estado.

Es el Estado el que se queda con el 60% de la plusvalía y no los empresarios, que, como mucho, retienen un 10 ó un 15%. No hay más Trono ni más altar. Los reyes que quedan son figuras simbólicas, que dan continuidad a la nación y ponen un obstáculo, aunque mínimo, a que la política lo enfangue todo. Las religiones carecen de poder en Occidente.

Sólo influyen en las conciencias, y de forma decreciente.

La pauperización creciente de las clases medias y trabajadoras no se deduce de un mayor bienestar para alguién más necesitado. Eso es falso. Existen además amenazas en todo el mundo de incrementar la presión fiscal. Con descaro nos dicen ya claramente que es “para poder cuadrar los presupuestos”, que se desequilibran porque los políticos han mal gastado aún más de las cantidades increíbles que ingresaban. No seremos más pobres para tener más beneficios sociales, sino para pagar los errores de los políticos.

Cuando un particular, al frente de una empresa, toma decisiones que perjudican, no ya a la mayoría de los accionistas, sino a una minoría, es llevado a los tribunales y se enfrenta a elevadas multas, inhabilitaciones, penas de cárcel. Cuando un político arruina una ciudad, una comunidad, una nación, tomando decisiones tan absurdas como megalomaníacas, aduce que sólo tiene responsabilidad política, y que los resultados de unas urnas le justifican. Poco importan las mayorías, las irresponsabilidades, las deudas para décadas, las ruinas de empresas y particulares.

El Estado nos ha arruinado y nos esclaviza. La Seguridad Social es un fraude piramidal, que no ha guardado ni un euro de nuestras cotizaciones y que no podrá pagar pensiones mayores del 30% del último salario a partir de 2025. Puede consultarse el último informe del Banco Internacional de Pagos, dependiente de Naciones Unidas. Todos los políticos dicen que eso es mentira. Pero mienten. Son solidarios como clase dominante, que diría Marx.

Si nos recomendaba Marx que analizásemos los hechos atendiendo a sus realidades materiales y sus números, afrontemos así nuestra situación presente.

Sí, hay lucha de clases y hay pauperización. Y hay alienación, porque la gente no entiende nada. Porque todas las televisiones y radios requieren de licencia pública y transmiten machaconamente el pensamiento mágico y único de la izquierda, de que el Estado nos protege, el Estado nos cuida, el Estado nos salva. Es el nuevo opio del pueblo.

Nada de esto es inevitable ni carece de solución. Pero hay que despertar del aletargamiento, desconfiar del Estado y confiar en nosotros mismos. Pensar, como inicialmente hizo Marx, en conseguir más libertad, no para el Estado, sino para las personas.


Piensa en libertad

 El Estado es el nuevo opio del pueblo.pdf


Volver al resumen