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04/11/2011

LA SOBERANÍA


Escuchamos a diario avisos frente a la amenaza de una pérdida de soberanía. Grecia, los países potencialmente intervenidos, Europa entera estaría en riesgo de perder su soberanía, en manos de Alemania.

¿Qué significa todo esto? O, mejor dicho ¿significa algo todo esto, aparte de un uso mágico del lenguaje? Creemos que no.

La soberanía significa el poder supremo sobre la tierra. El poder inapelable, manifestado en la potestad de hacer leyes que sean obligatorias para todos, juzgar respecto a ellas, y en casos extremos, condenar a muerte por su quebranto.

Desde que César implantó su tiranía sobre la república romana hasta que los primeros jesuitas españoles comenzaron a cuestionar el poder absoluto del rey, las palabras monarca y soberano fueron sinónimas.

A partir del siglo XVIII se plantea la irracionalidad de semejante planteamiento. Y las revoluciones atlánticas, primero la americana, más tarde y de peor forma, la francesa, deciden que el soberano no puede ser el rey, sino el pueblo.

Las guerras civiles españolas del siglo XIX tienen ese debate de fondo: si el soberano es el rey o la nación -el pueblo en armas-.

Pero, ¿qué significa que el pueblo es soberano? Pues que las leyes, el juzgar sobre ellas y el establecer castigos es algo cuyo desarrollo corresponde al pueblo en su conjunto. Pero, como el pueblo es numeroso, y está disperso, la soberanía será desempeñada por los representantes de ese pueblo. Ahí surge otro conflicto.

En Inglaterra, cuyo proceso de desarrollo de la libertad siguió su propio curso, la soberanía residía en el Parlamento. Pero hasta la mitad del siglo XIX no se admitió que eso significara que dicha asamblea tuviera que ser elegida de manera proporcional y directa por la población. Hasta finales de dicho siglo no votaron todos los hombres. Sólo en el siglo XX pudieron hacerlo las mujeres. Y eso en Gran Bretaña, el país políticamente más avanzado, abierto y libre del mundo.

La soberanía, así pasó de manos de los reyes a manos de los políticos.

¿Hemos de recordar a aquel colono americano que prefería un tirano a seis mil kilómetros que seis mil tiranuelos a un kilómetro?

¿No debería una persona libre ser soberana sobre su vida? ¿Y qué significa su vida sino su libertad, su derecho a disponer de su tiempo, de elegir qué hacer con su trabajo, de poder conservar los frutos de ese esfuerzo?

¿Qué significa que Grecia pierda soberanía?

¿Qué los políticos griegos no decidirán qué se hace con los impuestos que pagan los ciudadanos griegos? Y, realmente, ¿eso es malo para los ciudadanos?

Los griegos, inducidos por sus políticos, han gastado en pensiones -a cobrar a partir de una cómoda jubilación a los sesenta- en sueldos de funcionarios -un tercio casi de los trabajadores lo son- y en demás despilfarros un dinero que no tenían, que pidieron a crédito, y que es evidente que, por mucho que ahora se apretasen el cinturón, no pueden devolver a sus legítimos acreedores, que además, no son griegos, sino fundamentalmente alemanes y franceses.

Que el acreedor que no va a recibir lo que le corresponde, fije al menos algunas reglas que le permitan cobrar al menos una parte, no sólo parece de sentido común, sino hasta de justicia.

Pero en ese caso, en esa nueva situación, con compromisos exigidos por Estados extranjeros al Estado griego, es decir, por políticos extranjeros a los manifiestamente poco competentes políticos griegos... ¿un ciudadano de Atenas tendrá menos libertad? ¿Tendrá más amenazada o menos garantizada su propiedad? ¿Verá reducidas sus libertades de expresión, de viajar o hasta de establecerse y trabajar en cualquier lugar de Grecia o del resto de la Unión Europea? ¿Habrá alguna amenaza pues para su vida, su libertad y su derecho a buscar su felicidad? Parece que no.

¿Entonces? Puede que tengamos que repensar el concepto de soberanía.

Puede que los políticos, aunque nombrados a través de un mecanismo en el que intervienen urnas, no deban ser los nuevos soberanos. La revolución liberal soñaba con personas más libres y prosperas, no con un nuevo poder omnímodo sobre el pueblo real. El Estado es sólo el menos imperfecto de los caminos para que las personas, no los entes abstractos, sean más libres.


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