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18/10/2011

EL RITO


Fue William James quien más recientemente nos recordó, siguiendo la tradición simpática del empirismo, que los seres humanos tenemos la curiosa costumbre de considerar como real, existente, cualquier cosa que podamos nombrar con una palabra. En plena edad media, Ockam ya había avisado del peligro de sacralizar, como más allá incluso de la auténtica realidad, lo que solo eran sonidos articulados por nuestra boca.

Esa tradición, nominalista, empirista, tan liberal, nos lleva a recordar que los "mamíferos" no existen. Que es sólo una palabra, una abstracción que nos sirve para organizar mejor nuestro pensamiento, los datos que recibimos acerca de animales reales.

La atracción de la palabra, no obstante, era y es inevitable. Para el poeta, pues le permite acariciar lo existente. Para el intelectual, porque con ella, tratando de explicar el mundo, puede construir otro, en el que él cobre su importancia. Para el charlatán, el embaucador, el vendedor de humo, es su arma. También, claro que sí, para el sabio que busca desvelar el misterio de la creación. Y antes que ninguno de ellos, la palabra es esencial para el hechicero. Porque fue el brujo el que convenció a todos de que la palabra podía cambiar la realidad. Se llama conjuro. Abracadabra. Unas palabras y la realidad física se somete a la voluntad del que las pronuncia.

El conjuro se podía enriquecer con el rito.

La realidad nos brinda imágenes absolutamente bellas. El ser humano puede perfeccionarlas aún más. Puede que uno de los ritos más sublimes existentes, por lo humano, sea la ceremonia del té en Oriente. Realizar unos actos concretos y prácticos con la máxima perfección posible, para deleite de los que participan. Es ese un rito en el que el acto es el propio fin, es real, con su razón, sentido y placer en sí mismo.

El rito del hechicero es distinto. Si se salta sobre una hoguera, el lugar será sagrado. Si un arado uncido a blancos bueyes delimita la futura ciudad, estará protegida contra el mal.

Cuando creemos en el poder mágico de las palabras y los ritos, nuestro estado psiquiátrico se denomina neurosis.

El honor de la patria, o la defensa frente al ataque a la clase trabajadora son conceptos típicos de un uso brujeril del lenguaje. Son conjuros que atrofian realmente nuestro intelecto.

La razón nos obliga a perfeccionarnos. La mera posibilidad de poder ser mejores, de poder construir una realidad más bella, es un desafío suficiente.

Meditar nos permite comprender mejor la primera realidad, nosotros mismos. La lectura de los Salmos nos puede impregnar de la actitud existencial del salmista. Comer juntos estrecha nuestros vínculos. Volver a la mesa que presenció nuestro amor hace décadas nos ayuda a renovarlo. El rito nos vincula a la realidad, nos perfecciona y nos enriquece.

Pero cuando esperamos de él consecuencias mágicas, nos empobrece, nos empequeñece, nos aleja de la realidad, y por tanto, de nosotros mismos y de los demás.

Tenemos que estar alerta. A fines del siglo XVIII, en medio de una sociedad aparentemente ilustrada, la mayoría de la población aún creía en la existencia de brujas.

A comienzos del siglo XXI, a pesar de la ciencia y el teórico dominio de la razón, por encima incluso de las lecciones de la historia, la mayor parte de las personas de Occidente aún cree en la magia. Unos, confían en propiciar el bien a través de conjuros. Otros repiten palabras vacías de la rancia retórica socialista, como si viviésemos en una economía de subsistencia.

Despertemos. La magia no existe. La razón y la realidad sí. Y aún podemos ser conscientes y felices.


Piensa en Libertad.

 El rito.pdf


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