PODEMOS, NO PODEMOS

 

C. S. Fitzbottom

              

"El socialismo dura lo que dura el dinero de los demás".

Margaret Thatcher.

 El adanismo es una enfermedad propia de los jóvenes y de los ignorantes. Consiste en la errónea sensación de ser el primer hombre sobre la tierra, con la oportunidad -o la obligación- pues de construir toda la civilización, la cultura y la vida humana desde la nada. Es un trastorno que se cura con el tiempo -a veces- si se viaja, se lee y se piensa. Pero cuando, en un lugar del mundo, esta enfermedad del conocimiento adquiere carácter de plaga, sus efectos -se ha comprobado- pueden producir una inesperada cantidad de muerte y destrucción.

 Vivimos días adanistas en España. Una nueva generación piensa que no le gusta el mundo en que vive. No le faltarían razones, salvo que comparase con el resto del planeta y con la historia. Otra generación, más veterana, se avergüenza de parte de su pasado: los políticos corruptos a los que votó; o las deudas que irresponsablemente contrajo durante los "años buenos" que aquellos mismos políticos irresponsables hicieron creer que serían eternos. El adanismo se extiende en esos organismos débiles de defensas morales.

 El adanista ignora lo que existe y cree poder construir de la nada algo nuevo y mejor. Es adanista esa extraña idea de que, por nacer en un país rico, una persona tiene derecho a todo o parte de esa riqueza, que no sólo no ha producido, sino que parece no entender de dónde procede.

 Los mal llamados "derechos positivos" -que deberían llamarse "derechos de imposición"- como a la vivienda, la salud o la educación, reflejan simplemente la convicción de que "otros", no uno mismo, tienen la obligación de pagarnos nuestra vivienda, nuestra salud, nuestra educación y la de nuestra familia, en nombre simplemente de nuestra condición de nacidos. En ese modelo, otras personas tienen que trabajar para el adanista, sin que éste tenga que dar nada a cambio. Ese régimen se llama esclavitud, pero bien es sabido que en el Paraíso Original no había esclavos, así que el nuevo Adán puede pretextar que nada de esto sabe.

 El adanista, conseguidos los "derechos positivos básicos", ¿por qué habría de pararse ahí? De hecho, no lo hace. Y propone: ¿por qué todo el mundo no podría recibir un sueldo, sin trabajar? Al llegar ahí, algunos, más avisados o prudentes, se atreven a preguntar: y ¿de dónde saldría el dinero para pagar eso? Y es ahí donde el adanismo pasa a la siguiente generación, y la respuesta la da ya su hijo, Caín: que paguen los ricos.

 En España se va tomando conciencia de que parte del rechazo al país común que se experimenta en algunas regiones periféricas se debe al adoctrinamiento recibido en las escuelas -televisiones incluidas- donde se ha enseñado una visión de la historia sesgada y falsificada. Sin embargo, el lavado de cerebro antiespañol en algunas regiones no es nada frente al odio al libre mercado que se ha enseñado y se enseña en todas las asignaturas y en toda España, a ya dos generaciones alumnos. Basta con abrir un libro de texto cualquiera de los últimos cursos de ESO o de Bachillerato para leer párrafos enteros de rechazo al libre mercado y exaltación del papel del Estado como presunto "garante de la equidad".

 De ese caldo de incultura, una telebasura cada vez más omnipresente ha ido identificando al nuevo enemigo de ese género humano feliz, gobernado democráticamente por ese Estado de la Equidad. La víctima del odio cainita aparece tan pronto como los hijos de Adán descubren que no viven en el Paraíso. El origen de todos los males -escuchemos las voces de este circo unánime- es el "rico".

 Si uno elimina la palabra "rico" en algunos programas electorales, o en las frases de los tertulianos-basura de tantos espacios televisivos, y la sustituye por "judío", apenas encontrará diferencias con el planteamiento de los nazis en 1930.

 En ese discurso del odio y la ignorancia, los ricos lo son porque le quitan a los pobres lo que les corresponde. Nadie pregunta qué quiere decir "rico". Si rico en renta generada cada año o en patrimonio. Si el origen de esa renta es el trabajo o los intereses del patrimonio. No importa. Todo el que tiene, el que gana más que yo, puede ser estigmatizado como "rico", y a partir de ahí, no tiene derechos, de ningún tipo, comenzando por la presunción de la inocencia. El rico es culpable hasta de la destrucción del planeta.

 Por tanto, ¿qué mal hay en quitar sus bienes a los ricos? Hagámoslo. Podemos.

 ¿Por qué vamos a mantener la ficción de un impuesto de la renta del 70%, o del 80%, o añadirle uno sobre el patrimonio, aunque éste ya haya pagado impuestos? Quitémosle a los ricos lo que tienen y repartámoslo entre todos. Podemos.

 ¿Por qué tener que recibir del Estado 1.000 euros al mes? ¿Por qué no todo de una vez? Podemos.

 Y para que se sepa que no hacemos distinciones, expropiación sin límites: ponemos todo el dinero de los españoles en común, el de los ricos y el de los pobres, y lo repartimos después. Podemos.

 Podríamos. Habría muchos problemas, como la pérdida de valor de las acciones de empresas españolas, la fuga de dinero hacia lugares seguros. Sin duda los ahorros actuales de los españoles se verían mermados en cantidad total. Pero aun suponiendo que eso no ocurriera. ¿Cuánto dinero tienen los ricos? ¿Para cuánto tiempo da? Pues bien, esas preguntas tienen respuesta.

 Como la definición y separación entre "rico" y "pobre" es tan arbitraria como las ideas de los que fomentan esa división, las estadísticas del Banco de España no presentan aún esa diferencia. Pero sí nos dicen cuánto dinero tienen todos los españoles, en el banco y en acciones; dinero de verdad, de ese que podemos repartir. Y la cifra, aunque varía por las oscilaciones de la bolsa y demás, se sitúa actualmente en torno a los 1,9 billones de euros, es decir, 1.900 millardos, o sea, 1.900.000 millones de euros. Eso es todo lo que podríamos repartir entre los españoles. La tierra, toda nacionalizada, no valdría para entonces nada.

 Si dividimos 1,9 billones de euros entre unos 46 millones de españoles, cabríamos a poco más de 41.000 euros por cabeza. Como para cobrar esos 1.000 euros prometidos durante unos tres años y medio. Después no habría más. No habría más dinero que repartir, ni para pagar hospitales, colegios o construir viviendas. Y, por supuesto, tampoco nadie tan necio como para prestarlo. Así que el socialismo paradisiaco que nos dicen que podemos construir duraría menos de cuatro años. Eso es lo que duraría el dinero de los demás en  España. Podemos hacerlo. Pero esa es la cuenta de las consecuencias. Lo demás, sólo es un cuento.

 Se abre en estos días un nuevo debate absurdo, demostrando nuestros políticos una vez más su infinita capacidad para poner encima de la mesa  asuntos sin sentido, imposibles y ajenos a la realidad de los ciudadanos. Un partido político dice arrepentirse de la modificación del artículo 135 de la Constitución que aprobó hace muy pocos años, porque en él se limita la capacidad del Estado, es decir, de los políticos, para endeudarnos. Y cifra su arrepentimiento en la siguiente idea: "los derechos sociales básicos, sanidad, educación, pensiones, tienen que ser garantizados, incluso aunque eso suponga contraer deuda pública".

 Los fundadores de las grandes democracias siempre tuvieron claro que los políticos no debían tener la capacidad de endeudar a la Nación. Tal lo requería el sentido común, pues con frecuentes y saludables cambios en el poder, las decisiones de unos podrían tener que ser pagadas por otros. Era la deuda lo que arruinó a la Francia pre-revolucionaria. La deuda podría ser el arma de cualquier demagogo. Y lo que había que discutir en una sociedad sana era el presupuesto de cada año: qué se gasta con lo que se ingresa.

 Sin embargo, también la lógica de un buen cabeza de familia puede concebir la necesidad de contraer deudas. Ante una catástrofe, que requiera reparación inmediata, por ejemplo. Ante necesidades urgentes, como un puente, que pueden pagarse durante años, beneficiando a sus usuarios desde el primer día. Tal es la hipótesis simplificada y de fondo del artículo 135 de la actual Constitución Española. Endeudarse debería ser una excepción extraordinaria.

 Cuando planteamos la financiación de gasto corriente, como pensiones, sanidad o educación, a través de deuda, lo que estamos diciendo es que cargamos sobre los españoles futuros pagar gastos actuales y corrientes nuestros. La inmoralidad y el absurdo de esta idea debería escandalizar a cualquier político sensato. Pero es lo que piensa toda la izquierda y lo que, a efectos prácticos, hacen todos los partidos, pues también el actual gobierno gasta cada año casi un 40% más de lo que ingresa, incrementando así la deuda.

 En este momento la deuda que los políticos españoles han contraído en nuestro nombre, o sea, la deuda pública, asciende a 1,07 billones de euros. Prácticamente lo mismo que producimos los españoles en un año. Esto significa que cada español, incluso los recién nacidos, carga con más de 23.000 euros de deuda, añadidas a sus deudas personales. El más doloroso de los impuestos, el de la Renta, recauda 72 millardos. Pues actualmente ya son 35 los que se destinan a pagar intereses de la deuda existente. Poco menos de la mitad...

 ¿Qué futuro dejaríamos a nuestros hijos y nietos con una deuda cuyo pago de intereses nada más consumiría todos sus impuestos? ¿Qué sería de su sanidad, su educación, sus pensiones? ¿Alguien piensa que el mundo va a prestar indefinidamente a semejantes irresponsables? ¿Es que hemos olvidado la prima de riesgo a 600 puntos, con España a punto de quebrar? Para eso se cambió la Constitución, precisamente, hace unos pocos meses.

 Podemos repartir lo que hay entre los españoles y arruinar nuestra nación, económicamente y de todo rastro de decencia. La democracia, conducida a demagogia, puede hacerlo. Destruir nuestro presente, podemos. Pero, ¿contraer deudas hasta arruinar a nuestros nietos? Moralmente, no podemos.

 C.S. Fitzbottom

Enero 2015. 


LOS SOCIALDEMÓCRATAS DEL PP

C. S. Fitzbottom

 

Somos lo que hacemos. Por esta razón hace tiempo que hablo con mis amigos británicos sobre el gobierno socialdemócrata de España. Un poco asombrados de que siga refiriendo episodios de la etapa Zapatero, tengo que aclararles que me refiero al gobierno actual, al que los medios anglosajones acostumbran a calificar de "conservative", "conservador" en Europa, "liberal" para los norteamericanos, en la acepción española de ambas palabras. Y trato de explicar a mis amigos que yerran. Que el gobierno del PP de España es un gobierno socialdemócrata. Porque somos los que hacemos. Y que Hayek no tuvo un exceso de ironía al dedicar "Camino de servidumbre" a "los socialistas de todos los partidos".

Afortunadamente para que mis amigos no piensen que me he vuelto loco del exceso de sol, los periódicos de estos días ofrecen algunos ejemplos.

Don Cristobal Montoro, ministro de Hacienda, desde que llegó al poder, gracias a un programa que prometía rebajas generales de impuestos, ha subido 41 de ellos, llevando la presión fiscal en España a sus máximos históricos. Puede verse un resumen en la prensa del día 20 de enero.

Pero no está sólo. Doña Fátima Bañez, ministro de Trabajo, añade a la opresión la injuria, y se despachaba la semana pasada frente a los empresarios con esta perla: "La política social de las empresas debe correr a cargo de sus beneficios y no de la Seguridad Social". Ningún ministro socialista -de los de carnet- se habría atrevido a tanto insulto con unos empresarios que simplemente le recordaban que la nueva subida de cotizaciones era repentina, brutal contra sus cuentas de resultados, injusta, ajena al programa electoral que representaban, lesiva para los trabajadores y destructora de empleo. Ignacio de la Rica lo calificaba en el diario EXPANSIÓN del 21 de enero: "gobernar con soberbia".

No tiene nada de extrañar pues que el pasado 16 de enero se presentase en Madrid VOX, un nuevo partido autocalificado de "centro-derecha liberal", que añade a unas propuestas fiscales razonables -y que el PP habría firmado antes de desvelarse socialdemócrata- una propuesta de reforma del Estado ineficiente que sufren los españoles -el más caro del mundo- y que el PP se ha mostrado absolutamente opuesto a modificar en lo más mínimo, recortando antes en Sanidad, Educación, o I+D+I.

La explicación es muy fácil, y se puede encontrar en el erudito, brillante y ameno ensayo de César Molinas "Qué hacemos con España". PP y PSOE, junto con los sindicatos y patronales españoles y otros muchos partidos minoritarios y regionales, forman parte de unas mismas élites autoextractivas que ocupan el poder en España para apropiarse de las rentas de los españoles, en contra del interés de los gobernados. La necesidad de regeneración y cambio es tal -afirma Molinas- que sólo puede comenzar con la desaparición de los actuales partidos políticos.

Por eso es tan aplaudible para los liberales la aparición de VOX, con sus propuestas de nuevas normas para partidos y procesos electorales. Los británicos, que nunca hemos sufrido revoluciones violentas en nuestro camino hacia la libertad, bien sabemos que los pequeños pasos de hoy nos pueden llevar al destino correcto mañana. Lo más lejos posible del abismo socialdemócrata en el que el PP está hundiendo la economía de los españoles y sus olvidados principios políticos.

 

Enero de 2014.