ARTICULOS DE  BASILIO J. AGUIRRE FERNANDEZ   


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04/06/2014

LA MEMORIA HISTORICA Y EL FUTURO DE ESPAÑA


Hace apenas un mes que acabé de leer un breve, pero impactante libro, que lleva por título Memoria de veintisiete días. Se trata de la reproducción literal de las hojas que escribió de puño y letra Carlos García-Mauriño Longoria, Registrador de la Propiedad de Ronda, entre los días 17 de julio y 12 de agosto de 1936. Con un estilo sencillo, incluso coloquial, narra en primera persona la salvaje represión que los representantes del supuesto poder legítimo de la República ejercieron en la ciudad de Ronda sobre decenas de personas inocentes durante aquel verano de 1936. Con suma angustia, aunque con profunda serenidad, va describiendo como el círculo letal de la barbarie se va cerrando en torno a su familia y a su casa, en la que se ha visto obligado a vivir refugiado desde el comienzo de la Guerra. Las últimas notas las escribe cuarenta y ocho horas antes de ser asesinado sin juicio previo y sin ser consciente de que existiera para ello otro motivo que el de vestir traje y corbata. No se aprecia ni un solo vestigio de odio o deseo de venganza. Antes bien, el autor hace gala de una gran bondad y de una profunda fe religiosa, con escenas tan escalofriantes como la que describe el entierro casi a escondidas (las muestras de luto también estaban prohibidas)de su hija de pocos meses.

A lo largo de los cinco años que duró la Segunda República, y especialmente durante la Guerra Civil y la posguerra, en España se torturó y asesinó a miles de personas exclusivamente por su pertenencia a un grupos social, a una militancia política o a una confesión religiosa. Y lo hicieron ambos bandos por igual. Salvajadas como las que ocurrieron en Ronda sucedieron en otros muchos pueblos y ciudades, unas veces a manos del bando sublevado y otras del que se mantuvo leal al caótico Gobierno republicano. En muy pocos políticos anidaba un verdadero sentimiento democrático fundado en los valores que hoy se recogen en nuestra Constitución. El totalitarismo fascista y el comunista fueron dominando de forma progresiva el panorama político y se terminaron enfrentando con toda crueldad a partir de julio de 1936.

Cualquier observador sensato de esta realidad histórica pensaría que, una vez instaurada la democracia en los años setenta del pasado siglo, la mayoría de los partidos políticos y de los ciudadanos abominarían de lo sucedido en aquel periodo. Lo lógico sería negar con contundencia cualquier vinculación con ese pasado. Y he de decir que en la derecha se ha seguido este camino. No hay ningún partido con representación parlamentaria que proclame las bondades del franquismo. Ni siquiera encontramos algún grupo político que pretenda atribuirse la condición de heredero de la CEDA. Sin embargo no puede decirse lo mismo de los partidos de izquierda. Es cierto que tanto el PSOE como el PCE aceptaron el pacto constitucional y fueron partícipes del ejercicio de reconciliación nacional que representó la Transición. Pero en los últimos años se ha ido potenciando un obsesivo interés por lo que se ha denominado pomposamente memoria histórica, que ha supuesto que estos mismos partidos insistan en reivindicar su actuación en aquellos tristes años, sin el más mínimo atisbo de arrepentimiento por los graves errores que cometieron.

Acabamos de conocer la abdicación de nuestro Rey Juan Carlos. A las pocas horas unos cuantos miles de personas se manifestaban en diferentes plazas de España reclamando la instauración de la república. El hecho en sí es perfectamente lógico. Es normal que en una sociedad plural haya ciudadanos que entiendan que es más razonable un sistema republicano que uno monárquico. Yo pienso que en nuestro país funciona mejor una monarquía, aunque entiendo a quienes defienden lo contrario. Pero el problema es que la mayoría de esos manifestantes no reclaman un modelo republicano en abstracto, sino que lo que solicitan es la reinstauración de la Segunda República. Y eso sí que no lo puedo comprender. O, en realidad sí lo comprendo, pero me asusta. Me da cada vez más miedo que en la izquierda española se vaya imponiendo un sector que se identifica con los partidos que formaron el Frente Popular en el tramo final de la República. Y me horroriza que en lugar de tomar como referente internacional a la social democracia alemana, se dirija la mirada a países como Cuba o Venezuela.

En pocos días empezará a reinar Felipe VI. Confío en que sigamos avanzando por la misma senda por la que nos ha llevado el reinado de su padre. Espero que la gran mayoría de españoles sepa sentirse orgulloso de los conseguido en los últimos treinta y cinco años. Porque es en el espejo de esta última etapa de nuestra historia en el que debemos mirarnos, y no en aquella España cainita que segó la vida de hombres justos y buenos como Carlos García-Mauriño Longoria.


Basilio J. Aguirre Fernández.



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