ARTICULOS DE  ANTONIO RUBIO MERINO     


PROBLEMAS DE ETIQUETADO

¿Es VOX ultraderecha?  

 

Antonio Rubio Merino

             

Las etiquetas son necesarias. Imprescindibles para comprender la realidad, más aún en un mundo cada día más complejo y lleno de mensajes. Cuando la vida era más sencilla, ya Aristóteles mostró que la ciencia comenzaba, esencialmente, por clasificar. La correcta taxonomía clarificaba tanto nuestro entorno que nos permitía decidir y crecer en conocimiento.


Desde entonces, todas las ciencias, las sociales entre ellas, han ido adjudicando etiquetas, unas veces antes, otras después, que la propia sociedad. Herético, revolucionario, romántico, nacionalista, socialista, comunista, fascista, ecologista... Adjetivos que se han ido imbricando, entre la sociología científica y la sociedad viva.


 Fue en el Parlamento británico, cuna de la democracia, donde fueron acuñados los términos "derecha" e "izquierda", por los asientos ocupados por unos y otros grupos y su posición respecto al del Speaker, el presidente de la cámara. A la derecha de él se sentaban los Tories, los que pretendían conservar la tradición, leales a la mayoritaria Iglesia de Inglaterra y al Trono de los Estuardo. A la izquierda, los Whig, que aunque financiados por los grandes terratenientes del reino, representaban el cambio político, opciones religiosas minoritarias -los puritanos- aunque intolerantes, y propugnaban un mayor peso del Parlamento en las decisiones políticas. El actual Partido Conservador británico sigue ocupando esos mismos asientos en esa misma sala, casi cuatrocientos años después. Y sus miembros todavía se denominan "tories". A la izquierda, los liberales "whig" fueron sustituidos por los laboristas durante el siglo XX, y allí siguen. Una hermosa lección de tradición y progreso aunadas.

 

España, país modélico en tantos asuntos, es muy peculiar en algunos otros, especialmente en los relativos a su vida política, tan sacudida en su convulsa historia. Las etiquetas políticas parecen que siguen siendo su víctima. Y, como decíamos al principio, éstas son imprescindibles para entender la realidad. Incluso, para entenderla correctamente. Pero vayamos directamente al asunto más actual.

 

Por una cuestión casi de física, dos grupos políticos significativos no pueden ocupar el mismo espacio ideológico. Es decir, que si calificamos como significativo un grupo al que vote más del 5% de la población, otro partido no podría estar en el mismo "casillero". Los propios partidos no lo admiten.

 

Si uno sigue la clasificación que sistemáticamente están utilizando todos los medios de comunicación en España y la mayoría de los políticos, en España el espectro político sería éste:

 

Ultraderecha:              VOX

Derecha:                     PP

Centro Derecha:         CIUDADANOS

Centro Izquierda:        PSOE

Izquierda:                    PODEMOS

 

En centro es demasiado difuso o amplio para un solo ocupante, también muy atractivo para no tener ninguno, y esa división entre izquierda y derecha del espacio central es generalmente aceptada. Un partido socialdemócrata -como antaño se definió el PSOE- es universalmente considerado como de centro-izquierda.

 

Pero, ¿es cierta una taxonomía por el hecho de que todo el mundo la repita? ¿Es VOX ultraderecha? Porque para tal clasificación hemos de plantearnos una cuestión previa: ¿qué es ultraderecha? Más aún, ¿qué deberíamos o podríamos calificar de "ultra" en el espectro político?

 

En los últimos ochenta años la politología ha avanzado muchísimo en esas definiciones. Ha ilustrado asuntos tan interesantes como que el espectro político es circular, es decir, que hay más elementos en común entre la extrema izquierda y la extrema derecha que los que los distancian a ambos del centro liberal. También se han aportado más ejes, presentando análisis en más de una dimensión, posicionando en relación a la libertad y la individualidad, por ejemplo. Las clasificaciones se han complicado y enriquecido, como la propia sociedad y las ciencias que la estudian.

 

Aquí pretendemos un análisis más sencillo, general, entendible en el diálogo cotidiano, en el mismo campo en que ahora se califica de "ultraderecha" a VOX.

 

Para definir a una opción política como “ultra” hay tres elementos sencillos, básicos y claramente identificables en todo Occidente:

 

1. VIOLENCIA. Contra los adversarios políticos, satanizados como "enemigos".

2. INTOLERANCIA. Contra todo el que piensa diferente, buscando ilegalizarlo y incluso eliminarlo de la sociedad.

3. RESABIOS VIGESIMÓNICOS. Y esto requiere algo más de explicación. Llamamos así a aquellos gestos, en parte nostálgicos, en parte inerciales, siempre estéticos y simbólicos, propios de los grandes movimientos de masas del siglo XX, como el comunismo y el fascismo. Más adelante aportaremos algún ejemplo.

 

Es curioso que los tres elementos acostumbren a aparecer juntos. Pero bastaría uno solo para calificar a ese movimiento de ultra derecha. Es decir, que un señor que deteste la violencia, y que sea tolerante en el fondo y en la forma con el comunismo y los comunistas, si alza el brazo derecho y se pone a cantar el "Cara al Sol" sería de ultraderecha. Creo que nadie lo cuestionaría.

 

Lo que ocurre, es que en VOX nadie canta el "Cara al sol". Nadie saluda brazo en alto. No se define ni defiende ni se identifica con el fascismo, el falangismo o el franquismo. En VOX no hay "resabios vigesimónicos". Seguro que hay militantes que los tienen, y sin duda los veremos en los medios de comunicación. Pero ni el partido, ni el ideario, ni el programa ni los líderes son así.

 

En VOX nadie habla de violencia ni apela a ella. No hay grupos agresivos, ni paramilitares ni nada parecido. En España existe una ultraderecha violenta, vinculada a grupos muy marginales, esencialmente en las ciudades de Madrid y Valencia, asociada en muchas ocasiones a aficiones extremas en el futbol. Pero eso no existe en VOX.

 

Y por último, VOX no habla de intolerancia.

 

Estar en contra de la Ley de Violencia de Género implica está en contra de una medida tan anti-constitucional como que presupone la culpabilidad y la detención policial preventiva de todo varón simplemente denunciado por una mujer, sin necesidad de prueba alguna ni intervención judicial. Es algo que vulnera los Derechos Humanos. Es una medida que no ha contribuido en absoluto a disminuir el número de víctimas de la lacra de la violencia en el ámbito de las familias, pero que sí que ha creado miles de situaciones injustas de desamparo y detención ilegítima e innecesaria.

 

Detener la inmigración ilegal, ¿no implica, por definición, defender la ley? Manuel Valls, primer ministro socialista de Francia, dijo recientemente que la integración de los inmigrantes en Francia había fracasado. Lo vemos en estos días en los saqueos que ya acompañan siempre a cualquier movilización significativa en ese país vecino. ¿Acaso creemos que España puede asimilar a un número infinito de inmigrantes, más si llegan en el desorden de la ilegalidad y las mafias organizadas que trafican con personas? Sin embargo líderes políticos dicen que VOX fomenta la violencia contra las mujeres y el odio racial.

 

Marine Le Pen ha felicitado a VOX por su resultado. ¿Supone eso una identidad de ideario? ¿Apoyan a las dictaduras castrista o chavista quienes son felicitados desde Cuba o Venezuela cuando ganan elecciones?

 

Y en cuanto a la Ley de Memoria Histórica, que censura a los historiadores, que convierte en tipo penal decir que la dictadura de Franco fue mejor que la dictadura de Castro o de Maduro… eso sí que es un ejercicio flagrante de intolerancia contra libertades básicas como la de expresión o la de cátedra.

 

Así que parece que VOX no se ajusta a ninguna definición básica de ultraderecha.

 

Pero sí conocemos a quienes llaman a la lucha callejera contra un partido político. A los que hablan de "justicia proletaria" cuando defienden ataques a los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado -los mismos que ahora les protegen y escoltan, como a cargos electos que son-. Los que hablan de tomar las calles. Los que pretenden censurar al que no piensa como ellos. Hay violencia e intolerancia en PODEMOS y todas sus submarcas, como la hay en la CUP catalana, como siempre la hubo en el mundo ETA-Batasuna que ahora representa Bildu y sus otras filiales. Por tanto, es ese trozo del espectro político el que se ajusta a la perfección a la definición de extrema izquierda.

 

De esta forma, ¿acaso no sería más correcta la siguiente clasificación?

 

Derecha:                     VOX

Centro derecha:          PP

Centro izquierda:        CIUDADANOS

Izquierda:                    PSOE

Extrema izquierda:      PODEMOS - BILDU - CUP

 

Porque en España no hay una extrema derecha violenta, intolerante y que alce el brazo derecho más que en actos residuales que nunca reúnen ni a un centenar de personas. Personas que pertenecen a las diversas Falanges y otras formaciones residuales. No a VOX. Son grupos tan minoritarios que demuestran que la democracia española, fruto de la Transición liderada por don Juan Carlos I, es una sociedad tan avanzada y tolerante, que no tiene público para la ultraderecha.

 

Porque VOX no defiende nada distinto de lo que defendía Alianza Popular, incluido el punto sobre las autonomías. Y Alianza Popular era la derecha. Fuerza Nueva era la extrema derecha. Y todo el mundo recuerda sus diferencias, que hoy existen igualmente.

 

Porque querer modificar la Constitución no es ser "anticonstitucionalista". La Constitución ha sido modificada muchas veces Animar a un cambio legal de las leyes ha sido siempre una definición de progresismo. Contra la Constitución están los que la violan y atacan y la desprecian, los que animan a vulnerar las leyes o directamente las quebrantan, como muchos de los socios del actual gobierno de España.

 

No es de "derecha", sin el apellido "centro" un partido, como el PP, que sube impuestos. De hecho, el PP siempre ha rechazado, en la última década, utilizar la palabra “derecha”. VOX en cambio la reivindica. Pero sin extremos. Sólo con claridad.

 

Ciudadanos se define a sí mismo, cuando lo hace, como de centro izquierda. Sólo se le define como de derecha desde la extrema izquierda, que pretende imponer su sesgada perspectiva como única verdadera.

 

El PSOE, hoy en día, en su dirección nacional, al menos en los guiños que hace hacia su extrema izquierda, no se comporta como un partido socialdemócrata. Y, en todo caso, está orgulloso de definirse en sus campañas como "Somos la izquierda".

 

Y Podemos, Bildu y CUP son partidos antisistema, que promueven la vulneración de la ley, de la propiedad privada, la lucha callejera, el odio al "rico”; en estos días, el ataque directo a sus rivales políticos y que cantan, encantados, puño en alto, himnos totalitarios, sin avergonzarse en absoluto por ello. Son los únicos que aún presumen en política de sus resabios vigesimónicos. Sus discursos parecen escritos en los años treinta del siglo pasado.

 

¿Por qué entonces empleamos una clasificación errónea, cuando el error entra de lleno ya en el campo de la mentira deliberada?

 

Los políticos pueden tener una excusa estratégica. Pero los medios de comunicación, acaso tendrían que analizar si han dejado la objetividad que les corresponde para ocupar un lugar en el espectro político y con un sesgo muy determinado.

 

La izquierda goza desde los años de 1960 de una extraordinaria hiperlegitimidad en Occidente. Sus argumentos se dan como los verdaderos. Su causa se identifica con la de la justicia. Durante la entrega del premio “Sociedad Abierta” por parte de Civismo, Mario Vargas Llosa denunciaba en el Ateneo de Madrid que la palabra “liberalismo”, en virtud de esa propaganda izquierdista y triunfante, había terminado por presentarse como identificadora de los defensores de la opresión y de la injusticia.

 

Pero el pueblo no es sus políticos. El pueblo no es sus periodistas. Y cuando se produce una distancia enorme entre el pueblo y quieres deberían representarles, ocurren estas discrepancias de percepción, este etiquetado erróneo.

 

¿Imaginamos realmente qué habría ocurrido si el domingo la izquierda hubiera ganado las elecciones en Andalucía y VOX hubiera llamado a la movilización para que esa región fuera “la tumba del comunismo” en manifestaciones con brazos derechos en alto, banderas con el águila y alguna que otra con esvástica? Eso es exactamente lo que ha hecho PODEMOS, con amenazas, puños en alto, hoces y martillos y cantos del siglo pasado, ese en el que bajo esos símbolos se asesinó a 100 millones de personas.

 

Y sin embargo, los medios sólo hablan de un enemigo ficticio para la democracia – VOX- en vez del enemigo real, del promotor de la violencia, del que anima al enfrentamiento, del que no respeta las urnas, del que pretende derrocar la Constitución al margen de la ley, y que se llama PODEMOS. La única amenaza ultra de la democracia en España.

 

Gran parte de los medios de información debería revisar sus varas de medir. Quizás entenderían mejor por qué cada día tienen menos impacto. El ascenso de VOX no avisa sólo de que los partidos tradicionales parecen no entender lo que preocupa de verdad al pueblo. Hay más instituciones básicas para una sociedad libre que tienen que revisar la calidad de sus taxonomías. 


Antonio Rubio Merino 

4 Diciembre 2018.


Septiembre 2017

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Agosto de 2017

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PLEONASMOS

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Publicado en El Confidencial

17/12/2011

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Agosto de 2011

OCCIDENTE EN SU DILEMA


Como todo el mundo sensato sabe, la naturaleza se rige por ciertas pautas, que la experiencia, organizada a través de las ciencias empíricas, ha ido estructurando en torno a las leyes definidas de la física y la química, que gobiernan la realidad, hasta donde nos ha sido dado conocer con certeza.

Tales leyes nos enseñan a descreer de la magia y de lo fantástico, a saber que toda creación requiere esfuerzo, que éste implica un gasto de energía, y que los recursos consumibles por un organismo están limitados en el tiempo y el espacio.

Los usuarios de cualquier tipo de droga, desde la cafeína hasta las completamente ilegales, en el deporte o las salas de fiestas, saben que todo exceso físico se paga con un abatimiento proporcional a los picos de energía o euforia que artificialmente alcanzamos.

La historia de los grandes imperios, Roma, España, Francia, Inglaterra, la Unión Soviética, acaso ahora los Estados Unidos, son las de organismos que crecen por encima de los límites ordinarios de la naturaleza, y por ellos mismos, son derribados y reducidos a las dimensiones que sus energías originales les permitían, a veces, al precio de una decadencia proporcional a la grandeza extraordinaria alcanzada.

La amplitud en el tiempo y en el espacio de esos fenómenos de exceso a menudo imposibilita a sus protagonistas para entender qué le ocurre a su mundo, en el momento en el que la transformación paulatina se acelera, cuando se produce la inflexión en la cual una expansión, que parecía ilimitada, se repente se convierte en contracción y derrumbe.

El tribuno de Estilicón en el año 390 quizás no podía entender que Roma estaba condenada desde hacía tres siglos, cuando pasó a depender de mercenarios su defensa y de esclavos su economía. El granadero de Napoleón habría tomado por loco a aquel que tratase de explicarle que la derrota de Waterloo de 1815 quedó sellada en Austerlitz en 1805, cuando el Corso, ebrio de su victoria sobre los otros dos emperadores de Europa, pensó que podría indefinidamente someter a todo el Continente, a toda la Tierra.

¿Qué nos ocurre? ¿Cómo nuestra opulenta sociedad, que prometía todos los bienes, todos los derechos, todo el “bienestar” organizado, se ve de repente sumida en el pánico y la crisis, iniciada hace ya más de tres años, que en vez de terminar, parece que sólo acaba de iniciarse, introduciéndonos en una cueva de incertidumbre más oscura que ninguna de las que los vivos podamos recordar? ¿Es, de veras, tan terrible, o podremos salir de ella, despiertos apenas sin darnos cuenta de una larga pesadilla?

Pues bien, amigos, parece que estamos justamente en el punto de inflexión. Si atendemos a la enseñanza de la historia, a las leyes que conocemos de la física y la química, que son las que subyacen en las de la economía, nuestra expansiva cultura occidental del “bienestar” garantizado por el Estado ha llegado a su fin, o al menos, al principio de su fin. Y con ella sucumbirá todo Occidente, si no retoma sus valores, sus principios y sus creencias, aquellas que parecieron alumbrar a finales del siglo XVIII, pero que fueron enterradas por la Revolución Francesa y Napoleón.

La Ilustración aportó a Occidente una forma de enfrentarse a la realidad basada en la razón, no en el dogma, el prejuicio o la fuerza. En nombre de esos principios, la porción más joven y rica del imperio británico se emancipó de su metrópoli y creó una nueva nación con una nueva forma de gobierno, basada en la limitación del poder político, no en su expansión, con sistemas que controlasen y compensasen todas las fuerzas, todas las amenazas posibles de tiranía que pudiera ejercerse sobre las personas individuales, incluida la de una democracia totalitaria en la que la mayoría pudiera abrogarse el derecho de robar a la minoría.

Sin embargo, cuando las injusticias de la Francia creada por Luis XIV clamaron al cielo, el resultado de la revolución francesa nada tuvo que ver con el producto de la revolución americana.

La cabeza arrebatada a Luis XVI sólo fue la primera en el Terror que se llevó consigo millares de vidas, en nombre de la utopía revolucionaria. Algo que en América jamás se había conocido o concebido siquiera. Se ultrajó la vida humana, del mismo modo que antes se había hecho con la propiedad, con la religión y con las conciencias. La conclusión de toda aquella aberración no pudo ser menos que la peor dictadura militar, erigida por un enfermo, dotado, para desgracia de la humanidad, con el mayor talento estratégico que el mundo ha conocido.

Jorge III perdió Norteamérica porque trató de subir legalmente los impuestos a sus súbditos, para afrontar los tremendos gastos que había originado la guerra de los Siete Años, la victoria contra Francia, precisamente tan en beneficio de los colonos americanos.

Luis XVI tuvo que convocar los Estados Generales, que traerían su ruina, para intentar cambiar legalmente el sistema fiscal, remediando la bancarrota del Estado, generada en la victoria contra Inglaterra, humillada precisamente en las colonias revolucionadas, a las que Francia había ayudado en dulce venganza.

Napoleón no pensó jamás en la ley a la hora de apropiarse de lo que quiso. Robó a Holanda y España, lo mismo que a los pequeños Estados alemanes e italianos. Robó a los mercaderes genoveses al igual que a los de Rotterdam. Y cuando sus gastos militares llegaron a su paroxismo, robó igualmente a los propios comerciantes y banqueros franceses –si bien muchos de ellos, enriquecidos en las corruptelas del propio régimen napoleónico-.

Tales excesos financieros fueron originados por los aún mayores desvaríos militares. Toda Europa fue sumida en el caos de las guerras que requirieron el esfuerzo de siete coaliciones internacionales para finalmente acabar con la pesadilla bonapartista, tras veinte años con millones de muertos y abusos de todo tipo. La consecuencia fue un continente donde la vida humana había perdido mucho de su valor. Y donde había nacido, como reacción frente a los excesos franceses, el engendro del nacionalismo.

Prusia despertó envuelta en hierro y deseosa de un imperio alemán, europeo. Bismarck supo acallar a los descontentos de la industrialización inventando la Seguridad Social, ofreciendo a los obreros compensaciones concretas frente a las utopías etéreas de los socialistas, que comenzaban a ser proscritos.

El pangermanismo trajo la Primera Guerra Mundial, con su holocausto de millones de muertos. Los pueblos, aterrados, miraron a sus gobiernos, que habían asumido todo el poder en medio de la orgía de sangre. Las jóvenes democracias esperaban de sus Estados la misma energía a la hora de resolver sus problemas que habían demostrado al reclutar a sus jóvenes varones, y organizadamente, llevarlos a la picadora de carne de los frentes.

Ahora los socialistas ya no prometían la luna, sino que parecían hacerla concreta en Rusia. Los fascistas, los nazis, tenían las mismas creencias económicas y morales que los comunistas: todo para el Estado, todo por el Estado. Y trajeron la Segunda Guerra Mundial.

El fracaso del experimento socialdemócrata de Franklin D. Roosevelt fue disimulado por el desarrollo de la industria armamentística. Llegó Bretton Woods, y el dólar se convirtió en moneda mundial. Los comunistas alcanzaron con su marea roja hasta el corazón de Europa. Y sólo el temor a los misiles norteamericanos les amedrentó de quedarse con todo el Continente.

Sin embargo, los europeos occidentales, temerosos de una nueva guerra, malcreyentes en un sistema que se decía liberal, pero que sólo era nacionalista, decidieron “negociar” sus ideas con los bárbaros de la otra orilla del Elba. Y así la socialdemocracia apareció como un sistema intermedio, como una transacción entre los horrores del comunismo –que eran y son sistemáticamente ignorados por la inmensa mayoría de los intelectuales europeos- y los males del que sistema americano –nunca bien explicados, aunque clara y universalmente envidiados, manifiestamente, por los mismos intelectuales que el sistema amamantaba-.

Los norteamericanos terminaron de claudicar de sus últimas convicciones en un sistema de gobierno limitado, cuando abandonaron el patrón oro para financiar el desmesurado gasto militar que implicaba la guerra de Vietnam.

El 15 de Agosto de 1973, la libertad individual perdió también una de sus últimas defensas.

Los Estados Unidos necesitaban dinero para su modelo militar de hegemonía mundial. El resto de los Estados occidentales no empleaban sus recursos en ese fin, pues ya se servían del paraguas militar americano, aunque lo denostasen en público continuamente. El dinero del resto de las democracias se gastó en sistemas que garantizasen los llamados “derechos sociales”, los derechos “positivos”. Eufemismo por su verdadero nombre: “derechos” de imposición. Decir que alguien tiene derecho a una vivienda implica imponer que alguien tiene la obligación de pagarla. Y así, prometiendo el paraíso en la tierra, los Estados se hundieron en un sinfín de gastos ineficientes e inmorales, amparados en una democracia tiránica, en la que la opresión fiscal llega al 70% de los ingresos, y donde 51 no deciden que los 100 sigan remando, sino que remen más los otros 49, mientras ellos siguen ociosos. Con los sistemas de representación que se fueron imponiendo, los autoproclamados representantes de 35 ó de 25 decidían sobre cómo oprimir a los otros 65. O 25, da igual. La tiranía es igual de inmoral, sobre todo para quien la padece.

No satisfechos con la injusticia de unos impuestos desiguales, decidieron oprimir a los que no podían protestar de ninguna manera, por no ser conscientes o, peor aún, por no estar presentes. Y la deuda pública, es decir, el endeudamiento de los ciudadanos futuros, un recurso extremo, al que sólo se había acudido en casos de guerra y catástrofe, se convirtió en un expediente habitual, incluso bien visto, dado que sufragaba el gasto para el Estado del Bienestar.

Hemos endeudado a nuestros hijos para que nuestros padres puedan irse de excursión. Hemos renunciado a las carreteras, los aeropuertos y los gastos en investigación que ellos necesitarán para financiar nuestros excesos y el derroche de nuestros políticos.

Y así, en todo Occidente, durante decenas de años, durante un periodo de tiempo tan largo que abarca la existencia, la experiencia personal de todos los que estamos vivos, se ha creído en la posibilidad de que el Estado se pueda endeudar indefinidamente, a un nivel sistemáticamente creciente.

Pues no. No es posible. Llega un momento en que hay que pagar las deudas. Y ese momento llega para los particulares, llega para las empresas, llega a los bancos, llega a Islandia, llega a Irlanda, a Grecia, a Portugal, a España, a Italia, a la Gran Bretaña… y sí, llega a los Estados Unidos.

Los estados occidentales han prometido imposibles y se han endeudado en derroches sin fin, que hipotecan el futuro de una generación. Lo han hecho a la vez que claudicaban de la bondad de los valores en los que se fundamentó su sistema, en los principios que, aunque oprimidos por el Estado, han dado los mejores frutos de nuestra civilización: el esfuerzo personal, el sacrificio y la recompensa, la ambición por ser mejor y por servir a los demás a través de la propia creación, la competencia en un juego limpio, el ahorro para mejorar, para legar a las siguientes generaciones un mundo más rico, más solvente, más justo, mejor.

El mal llamado Estado del Bienestar ha corrompido todo eso, haciendo creer que el esfuerzo no es necesario, que todo el mundo, por el hecho de haber nacido, lo merece todo. Y que alguien lo pagará. Pues no. Todo el bien que hay en este mundo proviene del esfuerzo de alguien. Y si el esfuerzo no se mantiene en el tiempo, si no se renueva cada generación, la riqueza acumulada va menguando, y una sociedad se va volviendo así más pobre, en bienes materiales, y en principios morales.

Hay Estados, como el italiano o el japonés, cuya deuda alcanza ya tal nivel que para pagarla toda la nación tendría que trabajar como esclavos, gratis, durante un año entero, o incluso dos. Pero en esos dos casos, los acreedores son los propios ciudadanos de su país, los potenciales esclavos, o los posibles arruinados, en el caso de no pagarse esa deuda estatal. Es un dato importante cuando se piensa en el impago. Porque con España, Gran Bretaña o Estados Unidos, con Grecia por supuesto, no ocurre lo mismo. La mayor parte de los acreedores son extranjeros. Personas, individualmente, o a través de bancos o fondos de ahorro e inversión, que ahorraron el fruto de su esfuerzo, de su trabajo, y que esperan ser remunerados.

El fondo de pensiones de las viudas de los mineros de Escocia, de los maestros de Noruega, o de los pescadores de altura de Japón, ha de ser prudente a la hora de administrar los recursos que custodia, de los que depende el bienestar de muchos que confiaron en ellos. Si piensan que un gobierno puede no honrar su promesa, que puede llegar a no pagar su deuda, exigirán un mayor interés por el riesgo que asumen. Es su obligación moral actuar con esa diligencia. Si la deuda ha llegado a tal nivel que la subida de interés impide pagar el capital, ese gobierno, ese Estado, podría no pagar, con lo que el temor al impago se acrecienta, y por tanto también crece el interés exigido, en una espiral fatal y absolutamente comprensible.

Sólo hay una forma de que los intereses bajen: la promesa creíble de pago. Pero implicará gastar menos. Eso significará reducir la deuda pública. Y eso llevará a aminorar el gasto público, y reducirlo a los niveles física y químicamente posibles, los de la economía, el sentido común… los límites de la realidad.

Y eso es, en el fondo, aceptar que el Estado no puede encargarse de nosotros. No es que unos políticos sean mejores o peores que otros, más o menos corruptos, elegidos por unos sistemas de representación con mayor o menor equidad. La cuestión esencial, la encrucijada personal, es aceptar que somos responsables, si es que queremos ser libres. El camino es arduo, pero es posible recorrerlo, y es un camino digno. Tener, en las familias, en las empresas y en los Estados, presupuestos anuales en los que los gastos sean menores que los ingresos. Y con ese ahorro, financiar nuestros deseos personales, las inversiones de los negocios, las infraestructuras de los países. Reducir la deuda pública acumulada, hasta convertirla en cero, y declararla ilegal después, salvo casos de catástrofe nacional y sólo con carácter excepcional. Y recuperar el valor del esfuerzo, de la superación, del sacrificio, de la ambición por el éxito y la creación.

Recordar quiénes somos y que nuestra grandeza reside en la creencia en la libertad personal…o sucumbir en este amargo crepúsculo de deudas y decepción, en cuyo caso el final será largo, pero no por ello menos definitivo.

La alternativa está en nuestras manos. Occidente… ¡despierta!


Antonio Rubio Merino.

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Publicado en El Confidencial

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Publicado en El Confidencial

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